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Anxélica, síntesis de O Ribeiro.

Hay bebidas que por su origen y proceso de elaboración son síntesis de la cultura e historia de una comarca, fruto de raíces profundas que beben de siglos de esfuerzos. Autor:Xoan Pablo Lorenzo Fariña.

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-04-01 09:19:14


Cuando Sisnando Galiárez asaltó la recua de mulas que transportaban el vino para la corte de Bermudo IV, O Ribeiro, con su innato carácter bucólico, vestía sus laderas con el manto verde de sus viñas, reflejándose en el río Avia, tintileantes, la multiplicidad de sus tonos sugerentes, ajenos sus colores a las disputas monásticas de los reyes gallegos y asturleoneses.

Sisnando Galiárez, avezado asaltador de arrieros, no pretendía interferir en esas disputas, solamente buscaba vino. El vino de O Ribeiro do Avia, de la Castela Auriense. El vino necesario para alimentar fervores y pasiones, y para transformar a simples labradores de las montañas circundantes en cuadrilla organizada que por veces recordaba a las cohortes romanas que siglos atrás se enseñoreaban del valle.

Cuando Sisnando Galiárez asaltó la recua de mulas del rey Bermudo IV, varios siglos atrás los habitantes del valle habían abandonado las villae romanas de Mourisca y Abelenda, buscando asentamientos que permitiesen un mejor cultivo de la vid. Ya antes sus antepasados habían abandonado los castros. Castro de Veiga, Berán, Castrocavadoso, Beiro…se adivinan hoy en las lomas, en los collados estratégicos, con el dramático estigma del abandono, y a la vez, a modo de oxímoron caprichoso del lenguaje de la historia, con el mágico encanto del abandono. Ese encanto que, entre la esperanza del olmo de Machado y la nostalgia romántica de Bécquer, observa como la dulce pátina de la naturaleza invade de vida las ruinas, convirtiendo al visitante en descubridor y cómplice del misterio del pasado, como rescatador de historias y leyendas.

Cuando Sisnando Galiárez asaltó la recua de mulas del rey Bermudo IV, los más importantes monasterios galaicos asentaban sus prioratos y granjas en la comarca:  Oseira, San Martín pinario, Sobrado dos Monxes, Toxosoutos, Acibeiro, Melón…Los cabildos catedralicios de Compostela y Ourense. Y unos monjes llegados de San Claudio de León. Más tarde llegarían templarios y sanjuanistas para proteger la ruta a Santiago.

Cuando Sisnando Galiárez asaltó la recua de mulas del rey Bermudo IV, aún García no había establecido la capital de su breve reinado en Ribadavia.  Aún no había sido preso el arzobispo compostelano Xelmírez con el futuro rey Alfonso VII, todavía niño, en Castrelo, donde el río Miño mantiene su plenitud azul antes de convertirse en espuma y encajonarse en las gargantas de A Carixa, bajo la mirada de las ruinas del eremitorio de San Pedro Telmo. Aún estaba erguida la fortaleza de Pena Corneira y sus montes lozanos no estaban, como hoy, horadados de escarnio. Aún los Irmandiños no habían derruido las fortalezas de Castrocavadoso, Roucos o La Torre da Mota en Berán.

Cuando Sisnando Galiárez asaltó la recua de mulas del rey Bermudo IV, aún no existía la Anxélica, bebida sublime, divina. Cuenta la leyenda que su nombre nace asociado a su carácter angelical, que los lagrimeos nectarinos que marca en las copas semejan dulce revolotear de alas y recuerdan el descender suave de los ángeles que anuncian noticias buenas, y porque, además, tenía reservado lugar privilegiado en las mesas de abades y obispos en los días señalados. Pero las leyendas son como sacos con la magia de descubrir en su fondo la sorpresa. Y yo prefiero mi leyenda, construida con la magia de la sorpresa encontrada en papeles viejos y libros de anticuario.

Anxélica tiene nombre de mujer porque fue una mujer su inventora. Anxélica, fue el nombre que brotó de una boca sorprendida de los testigos expectantes al ver cómo se le iluminaba la cara a María ”la judía” al probar por primera vez la bebida conseguida.

Maria “la judía”, educada entre alquimistas, era conocedora de los descubrimientos de Arnau de Vilanova, Raimundo Lulio y la Escuela de Salerno. Revisaba con fervor los escritos      del Maitre Vital Dufour. Dominaba los secretos de alquitaras y alambiques, las diferencias entre el acqua ardens y el acqua vitae.

En los mejores banquetes de O Ribeiro, disfrutó las excelencias del vino Tostado, elaborado con uvas pasas, como siglos antes los romanos preparaban su passum en las vilae de este valle. El vino Tostado, después de los concilios hispanovisigodos, y los escritos de            San Isidoro de Sevilla, para poner coto a los desmanes litúrgicos heréticos de Prisciliano, se había convertido en el vino INFERTUM  en O Ribeiro, y, por influencia de las instituciones monásticas asentadas en la comarca, en el vino litúrgico por excelencia de Galicia.

María, sagaz observadora poseída de la curiosa inquietud de lso descubridores, comprobaba como los hollejos prensados en la elaboración del vino Tostado se rechazaban, y su uso se reducía en pequeña medida a repostería, y fundamentalmente a alimento de ganado o abono. Ella pensó en macerar esos hollejos en el acqua ardens que elaboraba. Sabía que el alcohol diluiría los azúcares y néctares que aún conservaban. Y lo hizo. El resultado fue mágico: lágrimas ambarinas se deslizaban por la copa y  la boca se inundaba de un cálido sabor a miel y a flores. Hubo intentos de denominar a la bebida con un nombre con etimología árabe, xarope. Pero la leyenda y la historia conservaron uno más dulce, Anxélica.

Anxélica constituye más que una síntesis de sabores, una síntesis de culturas : la conjunción del vino passum romano, los procesos de destilados árabes y la alquimia cristiana medieval de las boticas monacales.

Visitar O Ribeiro y conocerlo, puede conseguirse con el apoyo de la guía turística apropiada. Descubrir la Anxélica, es descubrir O Ribeiro, su intrahistoria íntima de siglos de esfuerzos reflejada en monasterios e iglesias, en pazos y casas solariegas, en lagares y socalcos de viñedos, en restos arqueológicos conservados en sublime simbiosis con una naturaleza feraz y diversa. Conocer la Anxélica, es saber disfrutar de los múltiples aromas y la exuberancia colorista de un Ribeiro que se quiere a sí mismo, y queriéndose, sabe querer, entregarse y dejarse descubrir.

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