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El día en el que me enamoré de ti

A veces viajamos a lugares lejanos y exóticos, pero nos perdemos lo que tenemos cerca de casa. Un cúmulo de casualidades hizo que yo me enamorara de mi tierra y comenzara a amarla como nunca. Autora: Eguzkiñe Urreta Okeranza.

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-03-28 09:20:44


Nací en una localidad de mediano tamaño al norte de la provincia de Araba. Rodeada de montañas, su principal característica era el color verde que la envolvía durante todo el año. Ríos, cascadas, robles, bosques… Así era el entorno en el que crecí.

En ocasiones, veía en televisión que al sur de la provincia existía un pequeño rincón denominado “Rioja Alavesa”, cuyos paisajes, costumbres, cultura y actividades económicas eran totalmente diferentes a las de la Euskadi industrial en la que yo vivía. Veía en los libros los paisajes, las llanuras, los viñedos, esos tonos ocres, esos marrones enfundados en niebla… y me quedaba embobada mirando esas imágenes.

Con 9 años comencé a bailar en el grupo de danzas vascas del pueblo, y ya desde el comienzo me fijé que en la categoría de “las mayores” bailaban unos bailes totalmente diferentes al resto de coreografías. Lejos de la finura y destreza que se necesitaba para bailar los bailes vizcaínos o navarros, en estas danzas se requerían otras habilidades. Eran unos bailes atípicos, especiales, distintos a lo que yo había conocido hasta el momento. Pronto me fijé en ellos, y yo también quise aprender a bailarlos. Pasaba horas mirando cómo ellas los ensayaban, y aprendí a bailarlos desde mi asiento, desde aquel banco en el que pasé tantos y tantos segundos soñando con poderlos bailar yo también algún día. Eran las danzas de Elciego.

Pasaron los años y por fin subí de categoría para ingresar en el “grupo de las mayores”. El día llegó, y no olvidaré nunca las palabras de la profesora: “ahora vamos a ensayar las danzas de Elciego”. Todas creían que yo no sabía bailarlas, pero se equivocaban. Tenía todos y cada uno de los pasos totalmente memorizados, sabía danzarlas como si llevara años haciéndolo. Había repetido los pasos en mi mente, y también en mi habitación, donde pasaba multitud de tardes experimentando y saltando mientras tarareaba la música en mi cabeza, preparándome para el gran día en el que me tocara bailarlas. Ese gran día había llegado ya.

Seguí mi andadura en el grupo de danzas y mi motivación principal para continuar bailando era seguir dando esos brincos que caracterizaban las danzas de Elciego, compuestas por cuatro bailes: pasacalles, cuatro calles, el árbol y la jota. En estas danzas solo podían participar ocho chicas

–acompañadas de un “katximorro”-, por lo que para cada actuación o espectáculo se seleccionaban ocho “dantzaris”, quedando las demás excluidas de participar.

Solíamos acudir a muchas actuaciones en diversos pueblos de Euskadi, casi cada fin de semana, en las que nos reuníamos un grupo de danzas de cada una de las provincias vascas. En estos encuentros cada grupo tenía que exponer y lucir los bailes típicos de su provincia. Nosotras íbamos representando a la provincia de Araba, por lo que las danzas de Elciego no podían faltar en nuestra exhibición. Aunque la comarca de Rioja Alavesa nos quedara un poco lejos, era nuestro deber interpretar el folklore de la provincia, y debido a la vistosidad de los bailes de Elciego, siempre eran las seleccionadas para deleitar al público guipuzcoano, navarro, vizcaíno o vasco – francés.

Nunca olvidaré esos nervios que sentía cuando nos poníamos en fila y la profesora nos miraba a todas mientras se pensaba y decidía quiénes serían las agraciadas que ese fin de semana se vestirían con el atuendo riojano para interpretar esas danzas. Mi corazón iba a mil. Mi corazón no paraba de latir en esa dura espera. Mi corazón daba un vuelco cada vez que escuchaba mi nombre salir de las cuerdas vocales de la profesora, señal de que yo había sido una de las seleccionadas. Casi siempre lo era. Debido a mi predilección por ese baile, ponía un empeño y una ilusión especial a la hora de ensayarlo, y eso influía en el resultado. Se me daba bien bailarlo y eso contribuía a la hora de que la profesora tomara la decisión. Además, debido a las características y tipología de las danzas, y gracias a mis particulares destrezas, tenía una facilidad exquisita para ese tipo de danzas más bastas y menos refinadas.

En esas danzas todo era diferente. Los ropajes que se usaban eran llamativos, con colores vivos y muy diferentes a otros trajes que se usan en el folklore vasco. La música y los instrumentos también eran distintos, puesto que se usaban dulzainas, cuando lo habitual en las danzas vascas es usar el txistu o la trikitixa. La metodología del baile era distinta, ya que las danzas de Elciego constan de cuatro bailes que se realizan uno detrás del otro. Los saltos tan característicos que se dan para bailar estas danzas también dejaban boquiabiertos a los espectadores, y nadie quedaba indiferente. Todo el conjunto -baile, música y atuendo- eran distintos, poco habituales, muy llamativos, magníficos, increíbles y apasionantes.

Me tomaba muy en serio el momento del baile, como si la vida me fuera en ello. Tenía muchísima responsabilidad a la hora de bailar esas danzas, tenía que demostrar a todos, y también a mí misma, que nadie se arrepentiría por haber sido una de las elegidas para interpretarlo. Para mí era un momento especial. Sentía que era un honor estar bailándolas, y quería que el resultado final fuera inmejorable, para poderlas seguir bailando en sucesivas exhibiciones folklóricas.

Pero no me conformaba solo con eso. Tenía un sueño: visitar la Rioja Alavesa, y sobre todo poder conocer la localidad de Elciego.

Pasaron los años y comencé la universidad. Todavía bailaba en el grupo de danzas, pero no podía acudir a todos los ensayos ni actuaciones como hacía en mi niñez debido a obligaciones: clases, trabajo, prácticas, etc. Un buen día conocí un chico con el que inicié una relación. En la primera cita le conté ese sentimiento tan profundo que me unía a Elciego, y no dudó en invitarme a ir con él. Pocos días después, por fin, pude leer por primera vez el cartel de entrada a la villa: Elciego. No me lo creía, por fin estaba allí. Elciego. No podía dejar de leer esas palabras. Elciego. No me lo creía. Elciego. Estaba allí. Elciego. Mi mano casi podía rozar el cartel. Esas eran las palabras mágicas que llevaba años queriendo leer. Con las que soñaba día y noche. Después de 10 años con un mismo sueño, pude hacerlo realidad. A veces los sueños se cumplen y esta vez el mío se cumplió.

Mis expectativas eran muy altas. Tenía el pueblo idealizado, y cuando el turista tiene la impresión de que el destino que va a conocer es perfecto, las expectativas no siempre se cumplen. Pero en mi caso se vieron superadas. Y de sobra. El tranquilo y calmado pueblo de Elciego no tenía nada, pero lo tenía todo al mismo tiempo. Esa imponente iglesia de San Andrés. Esas casas solariegas, edificios blasonados y palacios que se levantaron hace varios siglos. Esas gentes de carácter frío y abierto al mismo tiempo, mostrándose serviciales con los turistas que animan y abarrotan sus calles medievales. Ese clima frío y seco al que tanto hay que agradecer. Esas bodegas, repartidas por doquier. Esas piedras de sillería sin las cuales el pueblo no hubiera existido nunca. Ese olor a pan recién hecho. Esas cuestas que hacen que odies y ames Elciego al mismo tiempo.

Ese día me enamoré. Me enamoré de Elciego, y también de todas las villas, pueblos, pueblecitos, y barrios que hay repartidos a lo largo y ancho de “la cuadrilla” –como se denominan en la provincia de Araba las comarcas-. Pero también me enamoré de los paisajes de Rioja Alavesa. Me enamoré de la bruma que envuelve a la Sierra de Cantabria. Me enamoré de esas lloviznas que comienzan sin previo aviso, y del arcoíris que las sigue. Me enamoré del dulce olor de los viñedos. Me enamoré de los tonos marrones de los campos. Me enamoré de los dólmenes que han sobrevivido guerras, asedios y epidemias, y que hoy se alzan orgullosos para ser fotografiados por turistas de medio mundo. Me enamoré de esas edificaciones y bodegas tan vanguardistas que destacan sobre las construcciones tradicionales pero que al mismo tiempo se mimetizan con el entorno.

Y también me enamoré del amor. Del amor hacia la tierra de uno mismo. Porque para poder hablar de nuestra tierra, primero hay que valorarla. Y para valorar lo que tenemos, primero hay que conocerlo.

Cada amanecer es diferente en estos lares. Al privilegiado que madrugue,

la naturaleza le obsequiará con estos amaneceres,

pudiendo contemplar los picos más altos que sobresalen entre las nubes.

Las bodegas resaltan imponentes entre los viñedos,

al mismo tiempo que se camuflan en el paisaje debido a sus colores y sus formas.

El arcoíris y las nubes, siempre triunfantes.

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