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El enoturismo, un recuerdo placentero para mis sentidos.

Una historia real vivida y narrada desde la infancia que es contada desde los sentidos y desde el corazón, gracias a la estrecha relación que existe con los aromas, placeres y recuerdos de una copa de vino. Autor: Juan Carlos Blazquez Angulo.

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-03-16 11:40:39


Desde mi más tierna infancia, el vino ha estado presente en mi hogar. Recuerdo a mi padre y a mi abuelo sentarse en una mesa camilla con faldones, a hablar de futbol, del trabajo, de las vacaciones, con una copa de vino, disfrutando juntos de su conversación y compañía.

Por ello, recuerdo que el vino no sólo ha estado presente en las reuniones de  mi familia, y en festividades, sino también en cualquier almuerzo cotidiano.  

Ahora tengo 45 años, y por aquel entonces, la familia no organizaba viajes a Bodegas de España. Los destinos eran la montaña y la playa. No recuerdo que la palabra enoturismo existiera en esa época. Nadie hablaba de ella, y por ello no existía.

A los niños, no nos daban los mayores vino, pero sí en ocasiones una limonada en botijo con más limón que vino.

Recuerdo que el vino exhaltaba la felicidad de nuestros mayores, y les envolvía en un manto inigualable de cariño, amistad, agradecimiento, felicidad, y ternura. El efecto desinhibidor y social del vino encumbraba los rostros y actitudes de familiares míos.

Mi relación con el vino se inició a una edad tardía.

Como anécdota puedo citar que mi primera declaración de amor fue a los 19 años de edad con una copa de vino. Esa copa fue capaz de hacer hablar a mi agitado corazón que hasta la fecha permanecía tímido, acompasando una tierna e inocente manifestación de cariño, con los ojos humedecidos y llorosos de tanta adoración. Así es, el vino logró hacer hablar a mi corazón y a todos mis sentidos, mostrando sin miedos lo que sentía en mi interior.

Desde aquella fecha, y siempre desde la moderación - por así educarme correctamente mi padre -, empecé a interesarme por el mundo del vino y sus efectos en mí.

Tal era mi interés, que quería ver de dónde procedía este preciado néctar del Dios Baco. Por ello, empecé a contactar con Bodegas interesándome en visitar sus viñedos e instalaciones. Aprendí muchísimo de estas visitas guiadas con catas de vino. Mis sentidos no cesaban en querer aprender más y más y de experimentar lo que el vino era capaz de hacerme sentir.

La historia que encierra una botella de vino es apasionante… pero es en Bodega y a pie del viñedo cuando se empieza a conocer. Es necesario sentir la fuerza de la viña, el trabajo y esfuerzo del Bodeguero, para valorar lo que te transmite la copa de vino en nariz y en boca.

Cada vez que voy a visitar una Bodega, y degusto una copa de vino que está criando en ese momento en barrica, me trae - en milésimas de segundos- centenares de recuerdos de mi infancia envueltos de aromas y sabores.

Los sabores herbáceos, a monte bajo, a tomillo, me recuerdan a esos maravillosos paseos con mi padre por el campo…

Los aromas a cacao, tostados, mantequilla, café… me recuerdan a mi madre preparándonos con tanto cariño el desayuno.

Los sabores a piña, manzana, me recuerdan a mis vacaciones de verano con mis hermanos y amigos. Y los de aromas a frutos secos, y “chuches” a cuando nos daban la paga en pesetas, para salir de paseo con los amigos.

Así es, la combinación de vino y turismo, y su sumatorio, son sinónimo de recuerdos, de pasiones, de sensaciones. Esto es lo que significa para mí el enoturismo. Los que nos consideramos enamorados del vino, sabemos que el vino nos habla; nos cuenta su historia; una historia que es vivida y compartida por todos nosotros gracias al cariño de nuestros antepasados.

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