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El vino en tiempo de guerra

La bebida de dioses fue el manjar más preciado y apetecido por los militares de todos los bandos. Por: Beatriz Elena Mantilla Ortiz Comunicadora y amante del vino

Curiosidades | 2016-11-10 10:45:58


El vino ha estado presente en los momentos de gloria y oscuridad del mundo entero. Después de la pesadilla de la Primera Guerra Mundial el mundo quiso olvidar, el balance era más que aterrador desde dónde se observara. Europa llevó al mundo a una crisis indescriptible. Para seguir la vida, silenciar el sonido de los cañones retumbar en el alma, dejar a un lado la saturación de la desesperanza de la muerte, todos deseaban bailar, celebrar, estar alegres, disfrutar espectáculos en los locos años 20 del Charlestón, lejos del ambiente sombrío que dejó generaciones enterradas por toda Europa, para lo cual el vino fue la bebida ideal, el mejor compañero.

Contexto histórico

Tras una época de desolación, improductividad, desempleo, llegó una de frenesí, una década de rumba y fantasía que se rompió súbitamente; en Estados Unidos la economía se derrumbó, quedó en banca rota, y llegó la crisis de los años 30 en lo que se conoció en la historia como “La Gran Depresión”, que arrastró a un panorama aterrador en el primer mundo dado que no hubo dinero para pagar la reconstrucción europea.

Estados Unidos vivió un panorama sombrío de escasez, no hubo respaldo financiero para Europa, es decir, la banca americana que financiaba la deuda que tenía Alemania quedó vacía y la crisis generó una reacción en cadena que derrumbó las muy frágiles economías europeas. Italia también perdió el apoyo económico de los americanos.

En ese contexto se dio un fenómeno sin precedentes en Italia, donde el Fascismo, y Alemania, el Nacismo, se tomaron el poder llenando espacios hasta instaurarse en un poder totalitario de visos desenfrenados, conduciendo el mundo a la Segunda Guerra Mundial. Alemania, gobernada por uno de los hombres más demenciales de los que se tenga conocimiento en la historia de la humanidad, basada en una lectura acomodada de una presunta superioridad racial, con un delirio de lucha por el espacio vital, echó a andar una maquinaria de muerte que también usó el vino en un principio para hacer sentir, percibir, un falso ambiente de prosperidad, opulencia, en Alemania.

La bebida de dioses estuvo ausente de las mesas durante la primera guerra mundial,  justo regresó y sus efectos contribuyeron a fortalecer ese hipnotismo colectivo que lideró Hitler, y a través del cual se les sedujo para elevarles el imaginario de tener un carácter de semidioses, pureza sanguínea, que los hacía sentirse enaltecidos, fascinados, mientras Adolfo gestó el macabro ejército y el mundo empezó a sentir pasos desconocidos de oscuridad, insensatez, insensibilidad, masacre y genocidio.

Poco antes de los 40 el autoritarismo Hitleriano ordenó la quema de libros, compilaciones de disertaciones de la época ardieron, se encendieron bajo el fuego de la pasión que orientó la Oficina de la Pureza Racial desde la cual se incendiaron las ideas a 491 grados Fahrenheit imponiendo la demencia, aplastando la cultura, música como el jazz, swing, entre otros; literatura, y todo aquello que no enaltecía las ideas, los inventos mitológicos, de la raza superior cuya ideología se volvió obligación y de no seguirla se castigó con la muerte. El vino, como reflejo de expresión de la cultura viva, no fue ajeno a este fenómeno. 

Alrededor de la maquinaria de la guerra, el no reconocimiento del tratado de Versalles por parte de Alemania, se reactivó la economía. Lo que en principio fueron voces aisladas se convirtió en un fenómeno de masas, que se extendió por la propaganda radial, allí sonaron sin parar los cantos patrióticos alemanes que entusiasmaron a muchos jóvenes por el eco de una onda de nacionalismo en el que se integró la gran mayoría de la sociedad. Se dió una recuperación económica alrededor del rearme alemán, del proyecto militar, de la construcción de infraestructura para pasar los tanques de la guerra, la confección de uniformes, lo cual generó empleo y se vuelven a ver jamones y vinos en las mesas, lo cual dio una percepción de bienestar y riqueza con la ideología Nazi.

El vino en conflicto en el norte de África

Otro de los capítulos de la segunda guerra mundial que tuvo relación con el vino, ocurrió en el desierto, en el norte de África, luego de la terrible batalla de Stalingrado, en donde la suerte de Hitler quedó sellada, e inició un periodo en que no pudo hacer más maniobras disolventes ni atrapantes. El decisivo enfrentamiento entre las fuerzas alemanas y los ejércitos soviéticos por el control de la ciudad de Stalingrado, ocasionó bajas estimadas entre los tres (3) y cuatro (4) millones de personas de ambos bandos y se consideró la más sangrienta en la historia de la humanidad, denominada por los alemanes “Rattenkrieg”, “guerra de ratas”. El fracaso de la campaña en Rusia, que en principio planearon en seis meses y se extendió a tres años, con la gran derrota de Stalingrado y luego en África, son factores determinantes en el revés nazi.

Con delirios de grandeza y expansión Italia intentaba recuperar territorio del Mediterráneo que había sido parte del poderoso imperio romano, la antigua Roma, y para ello requirió a los alemanes para ir al África del Norte, donde los ingleses los esperan y les propinan duros golpes, especialmente en la moral, mente de los combatientes.

La estrepitosa derrota italiana obligó a Hitler a acudir en socorro de sus aliados. Envió un selecto cuerpo de ejército especialmente adaptado a las condiciones de la guerra en el desierto: el Afrika Korps.

Romel, conocido como “El Zorro del Desierto”, estratega de guerra y leyenda Nazi, vio el desierto como un mar, sus tanques como barcos, y desde principios de navegación organizó una estrategia de confrontaciones y retiradas constantes; manejó el polvo del desierto y apalancado en el Kubelwagen, vehículo que fabricó Porsche a solicitud de Hitler, utilizaba el mismo chasis y motor enfriado por aire del "vehículo del pueblo", pero no estaba diseñado para llevar "dos adultos y tres niños" sino "tres soldados y una ametralladora”, auto capaz de soportar la temperatura del desierto.

En un contexto plagado de la atrocidad que se vivió en la Segunda Guerra Mundial, Romel protagonizó una guerra de honor comandando las tropas en el desierto desde estrategias militares de los Áfrika Korps con una conducta intachable.

Romel llegó y encontró a los italianos guerreando con todas sus fuerzas en el desierto, pero también con todo su legado cultural, les identificó un problema y es que los italianos cocinaban y cocinaban una dieta compuesta por salami, espaguetis, raviolis, aceitunas, anchoas, banquetes que los dejaban con mucha sed durante todo el día y en desventaja respecto a los ingleses para lo cual preferían tomar vino. Dicha combinación en el desierto les disminuía de manera importante su capacidad de combate frente a los ingleses que eran mucho más prácticos y ligeros en su gastronomía, basada especialmente en enlatados. Finalmente, a Romel no le enviaron suministros para su gente y ello lo obligó a entregarse, pese al éxito de sus tácticas de guerra. Hitler no consideró la posibilidad de entrar por África a Rusia.

Salvo Libia y Egipto, todo el territorio del Norte de África estaba en manos francesas. Después, Italia colapsó y hasta allí llegó el proyecto de grandeza de Musolini. Posteriormente, en Casablanca, Marruecos, se da la gran cumbre o conferencia, que pasó a ser el centro de la resistencia, todos los espías, punto de encuentro y planeación para las redes de los opositores. Allí el Presidente de los Estados Unidos de América Franklin D Roosevelt, el Primer Ministro de Gran Bretaña Winston Churchill, y el Presidente de la Francia Libre Charles de Gaulle, se reunieron y tomaron decisiones claves tales como abrir un segundo frente para dispersar a los alemanes y ponerlos a pelear por toda Europa, nadie pactaría por separado con Alemania, las diferencias con los rusos no los iba a dividir, e iban a actuar como un frente único, para lograr la rendición incondicional de los nazis, allí se planeó el comienzo del fin. 

El champan, el botín de guerra en Francia

La astuta y eficaz resistencia pasiva de los viticultores franceses respecto al deseo de los alemanes de obtener la producción de vino francés como botín de guerra, es uno de los episodios más bellos de los cuales se puede leer al relacionar el vino con la segunda guerra mundial. De hecho, para el Mariscal Betel, Jefe del Estado Francés: “…el abastecimiento de vino tuvo a los ojos de la tropa, los soldados, una importancia casi igual que las municiones”.

El comportamiento de los soldados alemanes en dicho periodo de conflicto se caracterizó por la arrogancia y los ataques desenfrenados, los aires de superioridad con que llegaron devastando todo a su paso, pese a ello en Francia su actitud fue diferente. Allí los militares arribaron tranquilos, como si fuesen de paseo, sin beligerancia. Francia representaba estado total de felicidad y así lo sentían.

En 1939, irónicamente y por coincidencia, hubo correspondencia entre la segunda guerra mundial, y la peor añada de la que se tenga registro en dicho país que se caracteriza desde siempre por excelentes bebidas. Un año después, hacia 1940, Francia fue derrotada por los alemanes y con ello expuesta al interés del voraz mariscal del Reich, Hermann Gôring, quien quiso apoderarse de sus vinos, los cuales fueron escondidos en bodegas secretas. Así, a pesar de que las viñas francesas no estaban en el mejor momento, no se habían repuesto de la primera guerra, la gran depresión, el vino era miseria, razón que llevó a mucha gente del mundo del vino a cambiar de oficio, lo que había se protegió del régimen alemán.

Los viticultores protegieron sus productos tapiando con muros camuflados parte de sus bodegas, así no solo protegieron sus caldos, sino también a judíos y miembros de la red de resistencia, quienes también usaron toneles del producto para ser trasladados sin ser descubiertos por los alemanes.

Los nazis llegaron en busca de las botellas, bajo el encanto del país del amor y la moda y como estrategia para obtenerlo, las autoridades nombraron diferentes jefes encargados para negociarlo, quienes con anterioridad a la guerra ya trabajaban en el sector, eran especialistas en regular dicho mercado y se esperaba que sus relaciones personales fueran  más rápidas y efectivas para lograr la bebida. En cuatro (4) años el ejército alemán consumió más de 65 millones de botellas, luego que en las primeras semanas hubo saqueos.

Los alemanes pagaron cada botella de vino con los recursos provenientes de la ocupación del país. Se fijó un precio y era obligatorio asumirlo, así cada almacén despachó la cantidad de botellas que podía producir, para ser adquiridas por las tropas de la ocupación nazi, luego de que durante la primera guerra mundial no hubo un mercado activo. En el siglo XIX Champagne vivió del suministro de vino a los alemanes. Para esa época también llegaron algunos especialistas muy competentes, vinieron a trabajar en la fermentación del vino de Champagne, que era una de las preocupaciones de los franceses.

Durante la primera guerra, la fermentación estuvo a punto de poner en jaque la tropa alemana y así lo registró Otto Klaebisch, en uno de sus informes “la sed puede decidir el destino de una batalla”, al referirse al hecho en que los soldados de la tropa abusaron de algunas botellas al tomarlas en pleno proceso de fermentación. Fueron, “alrededor de 16 mil alemanes quienes hubiesen muerto como consecuencia del consumo de unas inadecuadas burbujas de champagne y no solo a causa de balas mortales”.

Los expertos comerciantes alemanes fueron llamados popularmente Weinführers por los franceses. Eran "comerciantes de vino vestidos de uniforme", no fueron nazis ni militares, sino civiles vinculados a empresas del sector vitivinícola alemán. Su posición, como comerciantes, en general, fue tomar distancia crítica de los planes de exterminio de Hitler dado que sus valiosas relaciones comerciales y personales con el mundo del vino galo les ocasionaban un conflicto de interés para hacerlo y eran conscientes de que las guerras, tarde o temprano, tocaban a su fin mientras los negocios continúan.

En las trincheras, además de armamento bélico, también había champagne.

La región de La Champagne fue la más impactada por el afán desenfrenado alemán de obtener el vino como botín de triunfo. Se estima que en las primeras semanas de ocupación los soldados germanos se llevaron dos millones de botellas. A Otto Klaebisch, cuñado del ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribentropp, le gustaban la pompa, uniformes de gala y buena vida, por lo que requisó un castillo que empleó como vivienda.

Los alemanes también se instalaron en la capital mundial del vino, Burdeos, y aunque el mercado estaba en un punto muerto, en 1940 la orden de Göring era tomar todo lo que encontraran, era el botín de una Francia vencida, lo cual hizo que el precio del vino se disparara como efecto de la especulación. Los viñadores llevaban tres años de malas cosechas y la calidad no era la mejor. Hubo grandes compradores alemanes, el más importante de los Weinführers fue Heinz Bömers, director de Reidemeister & Ulrichs (la mayor empresa importadora de vinos de Alemania) y carente de simpatías hacia el nazismo. Destinado en misión a Burdeos, antes de partir compartió en privado a su primogénito que el Reich tenía "perdida esta guerra". Con esta premisa como brújula, Bömers asumió su tarea en Francia con nulo afán depredador y maniobró para hallar un equilibrio entre las exigencias de las jerarquías nazis y los intereses de los viticultores franceses, tarea que no fue fácil. Bömers lideró la operación roja en la zona, conocía a mucha gente del territorio y ello dificultó su labor de negociador.

Adolf Segnitz (agente en Alemania del Domaine de la Romanée-Conti  y líder de A. Segnitz & Company y) fue el segundo weinführer destinado en Borgoña y mantuvo una actitud parecida a la de Bömers: "Estoy aquí para comprar vino. Si desean vendérmelo, estupendo, pero no seré yo quien les obligue a hacerlo". Se les describió como alguien que se condujo siempre amable y nunca llevó uniforme.


Para cumplirle a un Berlín ansioso de bebida espumosa, cuyo requerimiento llegó a ser de medio millón de botellas semanales Klaebisch pidió a los productores de la región -como Moét Chandon- que acudiera a sus reservas. El anuncio se conectó con el temor de los viticultores de la zona quienes intuían que se quedarían sin su inventario más valorado. Ante la compleja situación, Klaebisch negoció con los viticultores y llegó a un acuerdo. Finalmente, aunque sus relaciones con ellos no fueron fluidas (les descubrió algunos envíos a Alemania de cava de menor calidad), nunca fue visto como un saqueador, sino como "una especie de árbitro entre la comunidad francesa del vino y Berlín".

En general, los Weinführers lograron lo que el Tercer Reich quería: facilitaron evitar el saqueo, restablecer el orden y suministrar a Alemania un vino muy rentable. Se estima que negociaron más de dos millones y medio de hectolitros anuales (lo que equivaldría a 320 millones de botellas). A la vez, amortiguaron las demandas de Göring y evitaron que las bodegas con buenos caldos fueran devastadas. En suma, aunque estos legados germanos actuaron en clave personal (pensando en su futuro postguerra), mantuvieron una conducta que garantizó la supervivencia de la industria vitivinícola, cuya importancia económica y simbólica conocían bien.
 

Así, en un obstáculo inesperado, el deseo del mariscal del Reich se frustró en parte porque los encargados de organizar el tráfico de vino eran hijos de viticultores germanos o tenían vínculos estrechos  con dichas empresas galas y se negaron en gran medida a plegarse a sus órdenes.

El resultado fue que a Berlín llegó mucho vino francés, pero no siempre del mejor, pese a la cólera de un Göring que constataba cómo sus designios eran soslayados, como resultado de una batalla sorda librada por los viticultores franceses contra los alemanes entre barricas y toneles de vino. Podría decirse, que esta fue otra guerra oculta, secreta, que se libró en medio de la segunda guerra mundial, la guerra por el vino.

En el libro “La guerra del vino”, de la editorial Obelisco, el matrimonio formado por Don y Petie Kladstrupp describe en una crónica maravillosa la forma en que el vino se convirtió en pasión por la libertad durante la ocupación alemana. En numerosas entrevistas, apoyado en una amplia bibliografía y con la asesoría histórica de J. Kim Munholland, el texto narra la original lucha que dieron los franceses para proteger sus vinos, mediante bodegas que cubrieron con plantas y telas de araña para dar la impresión de ser infraestructura antigua, deteriorada; otros enterrando sus cosechas y dejando las peores al alcance alemán. Así mientras los invasores degustaban botellas cuyas etiquetas simulaban ser los mejores, los franceses consideraban a los nazis indignos de su preciado tesoro y los protegían de formas creativas.

La resistencia pasiva de los agricultores de la vid en Francia fue fantástica y se reflejó en acciones de ocultar, mentir y engañar. Dichas prácticas implicaron, por ejemplo, cambiar el vino de un cargamento por agua; aprovechar las ocasiones que se presentaron para vender caldos de pésimo valor a los alemanes; cambiar etiquetas de las botellas simulando un contenido de calidad superior al que estaban lejos de contener y poner corchos de mala calidad: "… Se nos decía que enviáramos diez mil botellas de tal marca a tal lugar, pero nunca nos detallaron con precisión qué vino querían, de modo que siempre enviábamos lo peor que teníamos, como la cosecha de 1939, que fue una auténtica porquería", explicó un viticultor.

Otra forma de sabotear el envío de vinos a los alemanes ocurrió cuando los opositores se dieron a la tarea de analizar los destinos de los suministros y prepararon ofensivas, como pasó con el tramo en Rumania en 1940 y Egipto un año después, con un envío que iba para el general Romel. “se impuso el saqueo de trenes dirigidos a Alemania con cargamentos de vino y otros productos: era casi un deporte. Nuestra diversión favorita consistía en engañar a los alemanes", explicó un viticultor del Loira.

En 1941 el vino escaseó en Francia como consecuencia de las requisas alemanas tanto de hombres (que dejó a las viñas desabastecidas de mano de obra), como de caballos y camiones (lo que obstaculizó gravemente su cultivo y distribución).

En tiempo de guerra también hubo tiempo para el amor, acompañado del vino, por supuesto. Se estima que durante la ocupación nacieron alrededor de 200 mil bebés franco – alemanes. Así los alemanes se convirtieron en clientes que llegaron vestidos de uniforme militar a Francia y para atender el mercado se creó en 1941 el Comité Interprofesional del Vino de Champagne, compuesto por representantes de grandes casas y pequeños cultivadores, que se organizaron para atender los pedidos.

La disminución en un 50% en 1942, respecto a la producción del 39, impulsó campañas para evitar el consumo de alcohol, así como aumentó las prácticas de hacer rendir la bebida con agua.

La resistencia luchó contra todo lo que se relacionara o apoyara a la tropa alemana. El vino dejó de ser una preocupación, el ambiente de conflicto se intensificó. El vino se convirtió en moneda de cambio, se fortaleció un mercado paralelo de cruce de productos, el clima fue muy fuerte para los nazis quienes se creían invencibles y empezaban a sentir el retroceso.

El vino en el fin de la guerra

La radio como principal medio de comunicación sirvió tanto para desarrollar una comunicación de masas de la propaganda Nazi, informar sobre el avance de la guerra, entonar los cantos patrióticos, como para que la resistencia emitiera por allí sus mensajes cifrados. Y en dichos cifrados, el vino también jugó un papel relevante: “Filmón, reclama seis botellas de Soter”, mensaje para la red de resistencia en Burdeos en el cual se anuncia el desembarco de los aliados para apoyar el fin de la guerra, con la liberación de Paris, ese gran momento esperado. 

Finalmente, hacia 1944, tropas franco-norteamericanas penetraron por Francia en el marco de la "Operación Anvil": tras desembarcar en el sureste mediterráneo de Francia, los aliados se dirigieron hacia el norte a través del valle del Ródano y la Borgoña para contactar con las fuerzas que habían desembarcado en junio en Normandía. Al progresar su avance quedaron sorprendidas por el festivo sistema de alarma que hallaron a su paso: con botellas de vino en mano los habitantes brindaban mientras ondeaban las banderas para anunciarles que tenían vía libre por la huida alemana las localidades se engalanaban con llanto y emoción.



Con la retirada germana cayeron los muros que separaban los buenos y malos vinos en las bodegas. Simbólicamente, uno de los mejores viñedos de la Borgoña que había sido regalado por los productores a Pétain (el Clos du Maréchal) regresó a las manos de sus antiguos propietarios. Ello no impidió que siguiera comercializándose el vino allí producido con una gran "ex" delante de la expresión Clos du Maréchal en las etiquetas de las botellas. Todo un símbolo de cómo el edificio construido durante la ocupación se derrumbó, pero la actividad económica continuó.

El final de aquella larga guerra deparó sorpresas a los viticultores. De ese modo, el barón Philippe de Rothschild, uno de los productores más relevantes, recibió una inesperada carta de Alemania: "Querido barón Philippe de Rostchild, siempre me han encantado los viñedos de Mouton y me pregunto si habría alguna posibilidad de que me permitiera representarlos para usted en Alemania". La misiva la firmaba el antiguo Weinführer Bömers. El barón aceptó: "Sí, ¿por qué no? -contestó-. Lo que estamos construyendo ahora es una nueva Europa". Había que volver al trabajo y buscar la normalidad.

Victoria con sabor al mejor vino

1945 fue un año extraordinario, este periodo de guerra había servido para posicionar el vino francés en el mercado alemán, un periodo de marketing que dinamizó su cultura del vino de forma trascendental.

1945 fue la última gran añada del siglo XIX. Para los viticultores y cultivadores, el final de la guerra marcó el principio del siglo XX, cuando los tractores de eje alto substituyeron a los caballos y las máquinas embotelladoras sustituyeron a las mujeres que hacían tradicionalmente ese trabajo, de modo que ya no quedó ninguna duda de que se iniciaba una nueva era en la producción del vino", así lo describieron Los Kladstrup.

Y así como 1939 fue el año de la peor cosecha, el buen clima hizo que 1945 -el año de la victoria- fuera una de las más excelsas. Este hecho marcó la entrada del negocio del vino en una nueva era en términos de cultivo y producción que permitió su comercialización masiva.

Los Kladstrup concluyen que la Segunda Guerra Mundial fue decisiva para quienes “… dirigían los viñedos de Francia. Configuró no sólo quienes eran, sino también en quienes se habían de convertir".

De hecho, explican cómo algunos de los grandes viticultores que participaron en la contienda asumieron su experiencia bélica como aprendizaje de técnicas de gestión empresarial. Fue el caso de Bernard de Nonancourt, que atribuyó a su paso por la resistencia el "conocimiento de la organización y a cómo lograr que un equipo de personas trabajen juntas". En 1967, su empresa lanzó un champán de alta gama que sería muy reputado, cuyo nombre se le dio a escoger al propio presidente Charles de Calille, quien rápidamente hizo saber su preferencia: "Grand Siécle" ("Gran Siglo").

Por último, podría decirse que la guerra contribuyó a que los viticultores y empresarios del mundo del vino fortalecieran su capacidad técnica, de gestión de equipos y se impulsará hacia la consolidación de una industria que pasó de ser artesanal para modernizarse y darse un lugar de privilegio en el competitivo y exigente mundo de la elaboración de la bebida de dioses.

 

Bibliografía:

CASALS, Xavier. Revista Clío, N. 86.

HARTMANN, Erich. La guerra de las bodegas. Blog foro: segunda guerra.

URIBE, Diana. Historiadora. Segunda Guerra Mundial. La guerra del norte de África.

UNIVERSAL DE VINOS. El vino, la bebida de la guerra, en Youtube.com. 2013

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