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El vino nacido de la ceniza del volcán en Lanzarote.

Las condiciones geográficas y climatológicas de Lanzarote hacen entender por qué no hubo antes de las erupciones (1730-36), que cambiaron radicalmente las condiciones a causa de las arenas y lavas volcánicas.

Denominaciones | 2015-08-11 14:36:34


Lanzarote es  la  más  oriental de las  siete Islas  Canarias, de unos  846 Km/2  de superficie, alargada en dirección NE-SW (entre los meridianos 13º19´W y 13º52´W), con una longitud máxima de 61 Km y una anchura de 21 Km. Como las restantes islas del Archipiélago, está por debajo de los 30º de latitud norte que se considera límite para el cultivo de la viña, dado que se encuentra con las islitas y roques adyacentes, entre los paralelos 28º 25´N y 29º 25´N.

Ciertamente que la latitud puede compensarse, como vemos en las Canarias occidentales, con la elevación sobre el nivel del mar, pero Lanzarote, junto con Fuerteventura, es la isla de menor relieve, de modo que los viñedos están situados entre los 150 y 225 metros sobre el nivel del mar.

El  clima  es  subtropical  atemperado  por  la  influencia  oceánica,  con  un  temperatura  media ambiente 20ºC, con un máximo medio de 29º y un mínimo medio de 12º. La humedad relativa es del 71%. Los vientos alisios se componen de dos   capas superpuestas; la baja   entre 600 y 1.800 metros de altura, que es húmeda y en dirección NE, que origina el mar de nubes o estratocúmulos. Por encima y en dirección NO existe otra capa de aire seco y caliente. Ambas capas están separadas por una zona de discontinuidad e inversión de temperatura que impide el desarrollo de nubes en altura, causa básica de la escasez de lluvias en Lanzarote, que se estima en 145 mm en la costa y hasta 200 mm en el interior y con solo treinta días de lluvia al año.

Las posibilidades agrícolas resultaron alteradas de modo radical con las erupciones del siglo XVIII. Las diversas poblaciones sufrieron también importantes cambios; los vecinos pudientes se asentaron en la Villa, creciendo de manera importante tanto San Bartolomé como Yaiza. Incluso pequ eños caseríos, como es  el caso de Tías (que hasta entonces era un lugar sin apenas población), adquieren relevancia.

Las cenizas volcánicas resultaron catastróficas al cubrir muchos campos antes destinados a la agricultura y sobre todo a pastos de ganado, y que borraron los linderos entre parcelas, de modo que desaparecieron literalmente las fincas de los particulares con las correspondientes consecuencias jurídicas. Hubo luego que empezar desde cero, con resistencia de la Iglesia y de antiguos propietarios, lo que originó interesantes pleitos de propiedad frente a las personas que pretendían ahoyar las nuevas tierras cubiertas por las arenas.

Pero pronto se vio que apartando la arena donde su espesor no era excesivo, se podían plantar árboles y viñas que prosperaban rápidamente. El manto de arena hizo posible lo que antes no lo era. La escasísima pluviometría y el viento continuo (que no sólo impide el mantenimiento de la planta, sino que contribuye a la desecación del suelo) se mitigaban gracias al manto de “picón” o  arena  volcánica  (que  atenúa  la  evaporación y aun  por  sus  propiedades  higroscópicas aprovecha la humedad nocturna, aunque estas precipitaciones   horizontales   no   están cuantificadas y resulten por tanto dudosas

La segunda dificultad era y es la del viento, que  impide o dificulta gravemente el crecimiento de la planta, salvo que se trate de higueras o morales que resisten especialmente bien los persistentes alisios. La tecnología agraria para combatirlo era bien conocida en las Azores, especialmente en  la isla de Pico desde al menos el siglo XVI: se trataba de proteger la planta con muros de piedra seca obtenida de las mismas coladas volcánicas. Este modo de plantación conlleva una densidad de plantas por hectárea singularmente baja, pues el máximo posible comprobado en Lanzarote es de unas 900 plantas por hectárea, oscilando su número habitual entre 400 y 600. En zonas de grandes hoyos por el espesor del manto de arena el número de plantas no excede de las trescientas.

No esperaron los lanzaroteños a la finalización de las erupciones (1730-1736) para intentar nuevos cultivos. Consta que en 1731 recabaron de las autoridades un nuevo reparto de tierras, tanto de las tradicionalmente dedicadas a la ganadería como a la agricultura que habían sido asoladas por el volcán. Representantes de diversas poblaciones expusieron a la Real Audiencia que las arenas de los volcanes que ha habido y hay en aquella tierra, perdieron más partes sus casas, eras y tierras que antes sembraban, por haberse tupido y llenado con dichas arenas y cascajos que han arrojado los volcanes, de suerte que les ha sido a muy parte preciso desamparar sus aldeas y andar peregrinando  por otras, por lo que solicitaban la asignación de tierras. En 1733 se autoriza por la Audiencia de Canarias el rompimiento de las tierras cubiertas de arena para intentar su cultivo.

Numerosos documentos notariales de la segunda mitad del siglo XVIII reflejan el ahoyado de las arenas, es decir, el apartamiento del picón para introducir en el terreno vegetal plantones de viña o de árboles frutales.

Cinco años  después  de finalizada  la  erupción,  el ingeniero  militar  Antonio Riviere,  en su Descripción de Lanzarote firmada el 20 de agosto de 1741, tras explicar que estos volcanes han destruido las más fértiles tierras de la isla, afirma que los naturales han empezado a plantar algunos árboles frutales y viña que salen bien. Ello supone que habrían sido plantados algunos años antes, es decir, antes de que cesaran las erupciones volcánicas.

El fulgurante crecimiento  de la  viña  se explica  en  buena  parte por  el gran interés  de los comerciantes tinerfeños, como hicieron en otras islas de señorío (como Gomera y Hierro), en incentivar su cultivo por la necesidad que tenían de adquirir aguardiente tanto para exportarlo a América como para añadirlo a sus caldos, dado que habían comenzado a elaborarse vinos más alcohólicos y con algo de color, a semejanza de los madeiras de entonces. Esta necesidad de aguardiente por parte de los tinerfeños se vio potenciada por los problemas surgidos en la importación de aguardientes de la Península, especialmente de Andalucía, Levante, Cataluña y Baleares.

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