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Enoturismo de ensueño por las tierras de Montilla-Moriles.

Entre las suaves lomas y laderas por donde transcurre la Ruta del Vino Montilla-Moriles encontramos los lagares centenarios donde el viajero es recibido de la forma más cordial, como si de un antiguo amigo se tratara.

Enoturismo | 2016-01-07 11:55:10


Alrededor de los vinos de Montilla-Moriles esta Ruta permite vivir una experiencia de enoturismo única sumergiéndose en un entorno privilegiado, lleno de tradiciones ancestrales y espacios singulares que ofrecen al visitante toda una oferta completa de cultura y gastronomía en la campiña cordobesa.

En los lagares se obtiene el mosto que fermentará en depósitos o tinajas y que después, una vez convertido en vino nuevo, pasará a las bodegas para seguir su andadura. Bodegas en las que al entrar nos topamos con un silencio de catedral donde los sentidos se ponen alerta ante multitud de estímulos: la luz tenue a la que la pupila tarda en acostumbrarse, el aroma a madera y vino, el tacto áspero de las botas donde se crían pacientemente algunos de los más excepcionales caldos, etc. Una experiencia única, como la de la visita a las almazaras levantadas junto a los olivares que completan el paisaje vinícola de la campiña.

La cocina de los pueblos de la Ruta posee una identidad propia en la que los productos de la tierra se unen al poso de las culturas árabe, judía y cristiana y en la que los vinos Montilla-Moriles son perfecta compañía o un ingrediente más. Un delicioso recorrido que lleva a conocer platos como el salmorejo, el flamenquín, las habas con berenjenas y morcilla, la sopa de gato, las naranjas picás con bacalao, la roña de habichuelones, el potaje de castañas, las gachas de mosto, el arrope, las merengás de café y fresa, las orejitas de abad, el dulce de membrillo, el pastel cordobés, los alfajores, los panetes, los roscos de San Blas, etc.

Esta Ruta también ofrece sabores innovadores como la reducción de Pedro Ximénez para aderezar postres, aperitivos o platos principales, cada vez más utilizada en la cocina de autor, y otros originales productos como los helados de vino o la gelatina de Pedro Ximénez, complemento ideal de paté, foie, quesos, carnes a la brasa o simplemente con unas tostadas.

Las festividades, romerías y festivales, en los que el flamenco siempre está presente son otros de sus atractivos, así como una de las mejores ocasiones para brindar con el vino de la tierra.

El territorio que ocupa la Ruta del Vino Montilla-Moriles ofrece también la posibilidad de combinar el mundo del vino con otros recorridos tematizados como la Ruta del Califato, la Ruta del Renacimiento o la Ruta de la Bética Romana, representantes de las diferentes culturas que lo han ido poblando, e indispensables para conocer el espíritu de esta tierra.

Al mismo tiempo, descubrir su gran tradición artesanal, que mantiene antiguos oficios del mundo del vino como la tonelería, el torneado de madera para diferentes usos en las bodegas o la casi extinta hojalatería que produce jarras, venencias y canoas para escanciar y transvasar los caldos. La localidad de La Rambla destaca como uno de los principales centros de cerámica artística de España y, en otros pueblos de la Ruta, la joyería, la artesanía del cuero o la orfebrería continúan siendo uno de los motores de su economía.

Es un hecho claro y notorio que quién no haya ido a Montilla Moriles de enoturismo,...no es un buen enoturista.

 

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