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Horizontes muy cercanos.

Un paseo por nuestras raíces. Por: Joaquín del Palacio.

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-02-09 11:37:04


Era una desapacible mañana del mes de noviembre. La espesa bruma cubría la ladera y me impedía gozar de las preciosas vistas de las cepas con sus últimas hojas otoñales, pero no así de los deliciosos aromas a tierra mojada, a piedra caliza, a grava con toques arcillosos que después entendería que son una de las claves para que algo tan simple como una copa de vino sea algo tan enorme, el mejor regalo que la naturaleza en estado casi puro puede ofrecernos, un regalo que seguro estaba destinado a los dioses, pero algunos hombres inquietos se apropiaron de él con la peor de las intenciones.

El camino serpenteaba entre viñas que intuíamos a nuestro alrededor y que con la niebla adquirían un toque espectral. Llegamos a un enorme caserón de piedra, elegante, antiguo, austero, con una zona adosada que rompía radicalmente con los moldes y se erigía en un armazón de acero y cristal, desafiando a las piedras llenas de historia, pero formando por milagro del arquitecto un conjunto armónico y bello.

Subimos a un primer piso desde el que nos aseguraron que había unas magníficas vistas del valle y los viñedos que de momento sólo podíamos imaginar. Nos sentamos junto a una enorme terraza protegida de la intemperie por un sistema de cristales y acero que de nuevo nos situaban entre dos mundos. La sala era amplia y luminosa, pero sobria, con una mezcla de vigas de madera en el techo y manteles blanquísimos en las mesas. Al fondo el crepitar de las llamas en una enorme chimenea caldeaba la estancia. Todo estaba pensado para que nuestros sentidos se concentraran en el vino, y a la vez divagar y soñar…

Nuestro maestro de ceremonias era el enólogo de la bodega, y para nuestro regocijo resultó ser un gran maestro. Decidimos comenzar con las gamas bajas, los vinos sin apenas crianza también llamados “robles”, para poco a poco ir subiendo hasta los vinos con más crianza o de parcelas especiales. La complejidad del vino hace que haya una amalgama de elementos que confluyen  o no en el óptimo resultado final. Uno de ellos es el “terroir”, que traducido al cristiano es la capacidad de un determinado terreno, parcela o pago, de generar uvas magníficas y con una personalidad marcada y muy especial que lo hacen diferente de otro que podría estar muy cerca, incluso en parcelas colindantes. Estos vinos “de pago” suelen ser escasos, ya que en teoría para elaborarlos sólo se pueden utilizar las uvas de esa parcela. No así en los crianzas o reservas más genéricos, donde aunque haya también un estricto criterio de calidad, se mezclan uvas de zonas mucho más amplias, aunque idealmente todas ellas de los alrededores.

No me centraré en los aspectos formales de la cata, ni en la espléndida comida que tuvo lugar a continuación con una amplia degustación de todos los vinos de la bodega, incluso algunas rarezas que no salen al mercado, pero sí comentaré que tomar el vino junto a un experto que además lo ama y pone la máxima pasión en su trabajo, te conduce a un universo de sensaciones que jamás podrías tener en solitario, sensaciones que realmente te perderías. Es el del vino un mundo realmente complejo, pero con la particularidad de un aprendizaje bien placentero y que en sus primeras capas es rápido de asimilar, hasta por gente tan obtusa como el que esto escribe.

Como no podía ser de otra forma, finalizando la comida la conversación ya comenzaba a divagar y trascender, de la filosofía del vino, de aromas, de regiones del mundo, de cepas, de nuestras raíces, de tiempos pasados, presentes y futuros… y me di cuenta de algo por otro lado obvio, que es que el vino genera amistad, y que en torno a una botella de vino suelen pasar muchos de los mejores momentos de la vida.

En medio de la conversación, mis ojos empiezan a alejarse de la sala en dirección al gran ventanal. El viento del norte termina por disipar totalmente la niebla que hecha jirones escapa de manera revoltosa, y nos permite contemplar en todo su esplendor el espectacular paisaje que conforman  las viñas en otoño cuando aún no se han podado. Las tonalidades cambian entre el amarillo, el dorado, el anaranjado, el rojizo y el pardo. Un espectáculo grandioso que fue el colofón perfecto.

Salimos hacia nuestro siguiente destino a sólo cinco kilómetros de allí. Un acogedor hotel con un maravilloso SPA en donde encontramos varios tratamientos a base de uva,  y a donde nos dirigimos tras un paseo por los viñedos y una breve siesta. El tratamiento mezclaba la acción del agua con una serie de ungüentos de  uvas y no sé si fue la sugestión pero salí de allí con una relajación total. Nos esperaba la cena en un conocido y muy estrellado restaurante cercano, pero aún quedaban dos horas por delante que decidí emplearlas en terminar mi novela frente a la gran chimenea. Tras la lectura junto al crepitar de las llamas, en un oasis de paz, salimos a cenar. El restaurante quedaba cerca del hotel así que optamos por ir dando un paseo, nuevamente entre viñedos, y aunque hacía frío teníamos el calor interiorizado en el alma, y los aromas del viñedo húmedo nos reconfortaban hasta lo más hondo.

De nuevo esa combinación moderno/antiguo nos esperaba también allí. Le estaba cogiendo gusto. Fuimos directamente al menú degustación para no tener que pensar, lo que fue un gran acierto. Eran nada más y nada menos que diez platos, maridados a su vez con otros diez vinos de la zona por un excelente sumiller que añadía a la explicación del plato, la del vino, y el porqué de ese vino con ese plato, lo que nos sumergía en el curioso arte del maridaje, que hace que cada vino resalte cada plato y a la inversa.

Al acabar la cena me sentía como un ballenato varado en medio de la playa. Decidí tomar un vino de postre porque noté que aún había un pequeño hueco en alguna parte escondida de mi ser, y tras degustarlo con afectada delectación nos encaminamos de nuevo al hotel por esa escondida senda de reyes que nos proyectaba en el frío de la noche la sensación de no poder pedir más, porque no había más.

El despertar nos condujo a otro éxtasis gastronómico, un súper desayuno con vistas al viñedo, donde además del zumo de naranja recién exprimido, había dulces y bollos típicos de la zona, tostadas de un delicioso pan de pueblo y por supuesto mermelada de uva, con la particularidad de que podíamos elegir, como en el vino, entre tempranillo, shiraz, garnacha y cabernet, y catar cada una para ver las diferencias con las otras. Sea dicho que yo no vi ninguna, pero eso sólo habla mal de mí y de mi escasa percepción sensorial.

Y así, en estas disquisiciones conmigo mismo, me di cuenta de la suerte que tenemos de vivir en este maravilloso país que es España, donde a pocos kilómetros de Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia o cualquiera de nuestras grandes ciudades podemos disfrutar de un espléndido entorno como el descrito, donde nuestras tradiciones y raíces se unen a la vanguardia más moderna permitiéndonos sentir que no hace falta viajar lejos para estar en el paraíso, porque lo tenemos a la vuelta de la esquina.

 

* Este artículo periodístico participa en el II Concurso de artículos periodísticos + info aquí. Si te animas a participar puedas hacerlo hasta el 31 de marzo. ¡Anímate! ¡Te esperamos!


 

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