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“La Esencia”.

Los paisajes de Galicia y los antiguos pazos entre viñedos inspiran esta historia con esencia a vino. Autor: Alejandro Veiga González.

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-03-10 16:24:53


-“Todo listo, nos vamos”. Dijo Ana, mientras saboreaba el momento, e imaginaba, lo que se podrían encontrar en su próxima escapada romántica a Galicia, adquirida tan solo un par de días antes, en una de estas ofertas web tan oportunas.

Desde que se había casado con Mario, hacía tres años que entre apaños, recortes, y el intentar ahorrar para futuros planes de familia, o el famoso por si acaso,  no habían podido salir de viaje.

-“Todo listo !, desde hace media hora”, comentó Mario, en un tono entre gracioso e implacable. Ya que le había dado tiempo de aprenderse todo lo que traía la Wikipedia, sobre una de las denominaciones de origen con mayor antigüedad y prestigio de la península, el Ribeiro, en Ourense.

La salida de Madrid como siempre caótica, la A-6 a su paso por Las Rozas, no dejaba duda, iban a llegar con retraso, pero no media hora, ni una, podrían dar las gracias si llegaban para cenar.

Tras invocar al GPS, y su cálida voz femenina, con 6 horas de tráfico, y alguna parada de rigor, al fin lo vieron. Un pueblo aparentemente fantasma, rodeado de viñedos, en pleno valle del majestuoso río Avia, que a su paso por San Clodio, dejaba un reflejo y una luz única, a punto ya, de ponerse el Sol, en un típico día lluvioso gallego, gris, húmedo y frio.

Mario ya no podía más, tras una dura mañana en el trabajo, y el ya mencionado tráfico de ese puente de Marzo, solo recordaba la “otra” oferta que habían estado a punto de coger en la web, “Denia is different”, decía el paquete, con su hamaca, su horchata y su paella, con un bañador y un par de camisetas en la maleta, hubiese bastado. Calor, mar y playa, frente al frío, sombrío y humedad que estaban ahora descubriendo, en todo su esplendor.

Pero cuando casi habían tirado la toalla, y los ojos claros de Ana, madrileña, aunque de padre danés, ya casi no brillaban, al ver como su plan, su tozudez y sus ilusiones estaban a punto de entrar en un grandioso fracaso. Vieron la luz.

La luz de la casa, que el GPS indicaba como destino.

Un gran pazo, perteneciente a los Sres. de Cunqueiro, que tras emigrar habían vuelto a su pueblo, como tantos otros gallegos, a disfrutar de sus últimos días, recordar su niñez, y el esfuerzo, que le había llevado a tener los mayores y mejores viñedos de esas tierras del Avia, los mejores bancales, de apenas media montaña, donde la treixadura, el godello y  el torrontés, se mezclaban intensamente, elaborando los mejores caldos no solo de la provincia, ni de la península. Hasta el otro lado del charco, donde los Cunqueiro, aún mantenían contactos, exportaban sus vinos, haciendo más grande su nombre, y su riqueza. Riqueza que como tantas otras veces, dilapidarían los Cunqueiro Jr., que no les importaba el vino, ni el orgullo, solo el poderoso, y ruin dinero, por el que habían vendido sus tierras, pazo, y demás miserias que le quedaban, al mejor postor, sin importarle nada más que el vil metal.

Así fue como los Medina, un matrimonio de argentinos, regentaban el pazo, un hotel rural, que debido al auge del Enoturismo, su buen hacer, calidez y facilidad social, se habían adaptado al entorno y negocio, además de disponer de un establecimiento con diferentes distintivos de calidad.

-“¿ Bajamos a desayunar ?”, preguntó Ana, a lo que asintió con un leve ronquido Mario, que además de pasar una grande y memorable noche, había descansado como ya casi no recordaba.

Panecillos, zumo de naranja, magdalenas caseras (que no Muffins) y bizcocho recién horneado, mermeladas caseras, tostadas de pan de Cea, café, y varias exquisiteces más, que decidieron no probar, para no demostrar esa teoría de buffet vs cliente, y esa locura contenida, al ver semejante cantidad de productos. Además de hacerse notar educados y un tanto señoritos, de la capital.

Mientras disfrutaban del desayuno, pudieron ver por la gran cristalera que separaba el comedor principal de la finca, un señor mayor, que paseaba entre los viñedos, con el rostro algo triste.

Fue el camarero, el que se dio cuenta de la situación, y como le habían indicado, dijo que no se preocupasen. Que todas las mañanas el Sr. Cuerda, paseaba entre los viñedos como buscando algo, pero que nunca molestaba a los clientes, además de regresar después a su casa.

Tras el paseo por las fincas y la bodega, y no solo explicar, sino poder ver “in situ”, todo el proceso de elaboración de los vinos, rememorando épocas pasadas, y como los avances tecnológicos ayudaban al resultado final, aunque se trataba de la tradición, historia y cuidados personales, los que otorgaban de una sensibilidad y carácter a este vino del Ribeiro. Pasaron a degustar los caldos allí elaborados, y posteriormente pudieron dar un paseo por el pueblo.

Estaba allí, sentado, Mario por cortesía, le dijo un “Hola, como va todo”, pero la respuesta fría y seca del Sr. Cuerda, los dejo helados. “Mal, muy mal, y ustedes deberían tener cuidado”.

Mario y Ana, continuaron paseando y aprovecharon lo que quedaba de día, y de fin de semana.

El Domingo, cuando ya se iban, al bajar a desayunar y encontrarse otra vez con el camarero, le comentaron lo ocurrido el día anterior, con el Sr. Cuerda, a lo que éste, bajando un poco la voz y acercándose a ellos les comentó:

-           “ Su mujer desapareció en esta finca hace 40 años, por eso viene cada mañana, dice que le recuerda, y que todavía la huele entre los viñedos”.

-           “¿ Y que hacía en esta finca ? “ preguntó Ana.

-           “Era la hija de los Sres. Cunqueiro”. Sentenció el camarero, aprovechando para seguir con sus labores.

Ana y Mario continuaron hablando de lo bien que lo habían pasado y disfrutado el fin de semana. Se despidieron, y abandonaron el pazo, rumbo a Madrid, prometiendo que regresarían, más pronto que tarde.

Durante el viaje, Ana, no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido en torno a la mujer del Sr. Cuerda, para ella había algo que le olía mal.

Semanas más tarde, en una cena con unos amigos, aprovecharon para contarle lo bien que le había ido en Galicia, y abrieron una botella de vino, que habían traído de allí. Después de las típicas frases “cursis” y de moda sobre los vinos, “que si afrutado”, “alegre”, “natural”, “aromático” y otras perlas de los seguidores de Parker o Peñín, Ana, olió algo, era el vino, una esencia, a su mente vino una mujer, joven, guapa, alegre, enamorada del campo y de sus viñedos, una mujer a la que no le habían dejado cumplir su sueño. 

Desde entonces, Ana no ha vuelto a probar ningún vino, lo intentó alguna vez, pero todos le sabían igual, todos le recordaban algo, todos tenían la misma esencia, todos le recordaban lo mismo, el trago amargo del recuerdo.

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