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La meseta central, la gran bodega española

La mayor concentración de viñedo del mundo se encuentra en Castilla-La Mancha, situada al sur de Madrid, cuyos viñedos se ubican en las provincias de Cuenca, Toledo, Ciudad Real y Albacete.

Cultura del Vino | 2014-10-06 12:05:32


En la meseta central se concentran unas 500.000 hectáreas de viñedo, que suponen la  mitad de todo el viñedo español, y donde predomina la variedad de uva blanca airén, la más cultivada del mundo gracias a su gran extensión en la meseta central castellana.

Pero tan ingente concentración de uva pude llevarnos a engaño; su enorme producción vinícola se debe principalmente a las gigantescas cooperativas de la región, y gran parte de su viñedo está destinado a elaborar vinos blancos de airén, que posteriormente se destilan y entran a formar parte del Brandy de Jerez. La airén es una variedad muy bien adaptada al clima continental seco manchego, donde da vinos afrutados de moderada acidez.

Pero es en los tintos donde se concentran los vinos embotellados de mayor prestigio, procedentes de la variedad cencibel (nombre local de la uva tempranillo), a la que en la última década se le han sumado variedades mejorantes, como se denominan a las francesas cabernet sauvignon, merlot y syrah, que mezcladas con la cencibel, refuerzan su cuerpo y ganan los vinos en complejidad. También una variedad bordelesa minoritaria, la petit verdot, ha encontrado su hueco en esta amplia llanura por donde cabalgaba Don Quijote. Con algunas de estas variedades, bien adaptadas al clima caluroso y seco de la meseta, se elaboran buenos vinos monovarietales, de gran personalidad, como la syrah y el petit verdot.

Pero el principal cambio en la región es la modernización de sus bodegas, que tradicionalmente fermentaban el vino en grandes tinajas de barro, y que ahora se han poblado con depósitos de acero inoxidable, y con modernas prensas. También han llegado las barricas de roble, pues antes predominaba el consumo del vino joven, y eran también muy populares los claretes, que se elaboraban mezclando uva blanca (80%) con tinta (20%) que le aportaba el color.

Valdepeñas es la continuación de La Mancha, región situada a unos 200 kilómetros al sur de Madrid, con una altitud media de 700 metros, que posee un característico clima seco y caluroso en verano. Sus vinos se consumieron durante muchos años en la capital de España, trasportados en el famoso tren del vino, y que llegaban en sus característicos pellejos a muchas tabernas. Vino ligeros y suave, muy agradables de beber, e idóneos para el chateo.

En esta comarca también predominan la blanca airén y la tinta cencibel, junto con otras uvas foráneas, y también han llegado las barricas, por lo que podemos disfrutar de vinos de Crianza, Reserva y Gran Reserva. Aunque el crianza de Valdepeñas, para lucir en su contraetiqueta esta categoría, madura tan sólo seis meses en barrica, la mitad que su homologo riojano, al ser más suave y de grado más  moderado, mientras el Gran Reserva se cría durante al menos 18 meses en barricas. Sus vinos se caracterizan por ser amables, fáciles de beber, y encontrar acomodo en numerosas casas españolas como el vino de día a día, por sus precios moderados.

Pero éstas no son las únicas regiones vinícolas de la extensa Castilla-La Mancha, donde se elaboran vinos en Almansa, Méntrida, Mondéjar, Manchuela y Uclés. Y al ser una región tan extensa es el lugar de origen en España de los Vinos de Pago, que se caracterizan por elaborarse en una finca concreta, con un viñedo de calidad, y que se elaboran exclusivamente en su bodega, situada en el viñedo o en su proximidad. Es decir, son vinos con personalidad propia, y con prestigio reconocido por la prensa especializada y los consumidores.

 

El primer Vino de Pago que surgió, hace ya una década, fue el Dominio de Valdepusa, finca y bodega propiedad de Carlos Falcó, marqués de Griñón, cuya labor revolucionaria e innovadora en los vinos españoles es por todos reconocida. Cuando era ilegal plantar la variedad cabernet sauvignon, la trajo de contrabando desde Francia, y la plantó en su finca en Toledo, adaptándose perfectamente. A esta variedad le siguieron otras uvas tintas foráneas, que consideraba las de mejor calidad para el vino que quería elaborar: merlot, petit verdot y syrah, siendo pionero en su introducción en la región. Y se rodeo de los mejores consultores del vino y viñedo, aplicando una serie de técnicas vanguardista, reflejadas en la personalidad de sus vinos.

Carlos Falcó luchó por tener una denominación propia y lo consiguió con los Vinos de Pago, que prestigian el buen hacer de un pago vinícola concreto. A Dominio de Valdepusa le siguieron otros vinos de pago manchegos como Finca Élez, Dehesa del Carrizal, Pago Guijoso, Campo La Guardia, y Pago Florentino. La búsqueda de la singularidad ha llevado a otras regiones a apostar por los Vinos de Pago, como ocurre en Navarra, que cuenta con tres de ellas en estos momentos: Señorío de Arínzano, Otazu, y Prado de Irache.

 

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