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Las víboras.

Un paseo por el granito y la pizarra. Una vuelta a los orígenes, al terruño, a la esencia de las personas y la tierra. Un discurso atemporal lleno de pasión y vida. Autor: Lluís Romero Garrido.

Concurso Enoturismo 2015 | 2015-03-31 17:10:48


Hace ya más de una década que transito por el mundo del vino. Uno empieza en él, desorientado, abrumado, superado. Cada productor parece tener un discurso propio y cada viña parece ofrecer un vino incomparable e irrepetible. Pero después de unos primeros pasos tímidos, uno va descubriendo una homogeneidad preocupante. Son muchos los productores que se dejan seducir por modas, puntuaciones o tendencias del mercado y pocos los que realmente se dedican a escuchar a la tierra. Las primeras copas, incluso las primeras botellas, parecen abrir un inmenso mar de aromas. El tiempo y la experiencia, poco a poco, empiezan a desvelar la cruda realidad: un escenario en el que todos los actores buscan notoriedad y, a menudo, sin importar a qué precio. 

Después de muchos chascos, desengaños y frustraciones, después de demasiadas botellas parecidas, un día, de repente, un discurso emerge desde la discreción. Sin estridencias ni estrategia alguna, una voz se postula como la de un enamorado de la tierra, como la de alguien distinto, ávido de compartir todo lo que ha aprendido, desde la más sincera modestia y con la única ambición de perpetuar su amor por la tierra.

Así sucedió la primera vez que pude escuchar a René Barbier (hijo) y Sara Pérez hablando de sus vinos. Su discurso era pausado pero emocionante. Transmitían pasión, amor, devoción, fascinación absoluta por la tierra, las uvas y la historia de las viñas que miman con esmero. Sara y René tratan a todos por igual, cosa no del todo común en el mundo del vino, y no ningunean a nadie para posicionar sus vinos. Ignoran las modas y se dejan llevar por el conocimiento y la intuición, sin importarles demasiado el qué dirán; en ocasiones, rozan la temeridad, con proyectos faraónicos, poco rentables, fruto de un irrefrenable deseo de progresar hacia la integración total de la viña en su ecosistema.

Como un inocente ratoncillo me dejé seducir por su flauta, y su melodía me llevó a la esencia del vino, a un mundo en el que existe un único actor principal: el terruño. El tridente hombre-planta-entorno es el que manda. Sara y René sólo conducen los mostos que sus fincas les ofrecen hacia las botellas, e intentan facilitarles el camino con el máximo mimo y una atención extrema. El intervencionismo es casi inexistente, y así, sus vinos resultan realmente únicos.

Pasó el tiempo y me decidí a visitarles, en el Priorat. Una mañana de marzo, a eso de las 11 llegué a Venus la Universal, la bodega de Sara y René en el Montsant. Después de dar unas vueltas alrededor del edificio sin ver a nadie, Sara apareció en un todo terreno verde. “Sube!”, me dijo; sin darme tiempo a coger el pan que poco más tarde echaríamos de menos. Arrancó y empezamos a charlar sin parar; vino, vino y más vino. En seguida cruzamos un pequeño riachuelo que supone un límite natural entre la DO Montsant y la DOQ Priorat. “Fíjate cómo cambia el suelo”, arena y granito a un lado, pizarra pocos metros más allá. Magia.

En pocos minutos estábamos en lo alto de una pequeña colina, Bru (el origen de Martinet Bru). Dos copas estilo borgoña, un pequeño queso artesano que no pudimos acompañar del pan olvidado en mi coche y unas vistas maravillosas. “Observa la diferencia de colores, verde claro a un lado, verde oscuro al otro”. La interacción entre el granito y la vegetación a un lado y el efecto de las pizarras al otro. La conversación siguió avanzado y mi grado de curiosidad  continúo creciendo en paralelo. Sistemas de conducción, variedades, orientaciones, rendimientos, tratamientos; con Sara, todo tenía un porqué, una respuesta madurada y contrastada.

Subimos de nuevo al coche y nos dirigimos por una carretera de vértigo, bordeando pizarras que cambiaban de color con la altitud, a una de las viñas más deliciosas que haya visto jamás: “Els Escurçons” (las víboras). Llegamos a uno de los techos del Priorat, la vista era escalofriante; medio Priorat a nuestros pies en un día claro aunque ventoso. En una mesa sencilla, Sara posó las ya familiares copas borgoña y empezó a emocionarse. “Yo me quedaría a vivir aquí” solté sin pensar, “yo también, pero René dice que estoy loca” respondió Sara entre risas. El viento transportaba un no sé qué, un halo místico. Las viñas conducidas en postes individuales formaban curvas armónicas sobre un anfiteatro vertiginoso. Desde allí, compartimos una botella del vino de la propia finca; así todo es más fácil. “Lo que me fascina de Els Escurçons es que es garnacha pero no lo parece; el terruño se ha impuesto a la variedad de tal modo, que resulta más sencillo identificar la finca que la uva” pensó Sara en voz alta y, era verdad; sí, era un vino envolvente y complejo pero parecía hablar del terreno que pisábamos, no sólo de las uvas de que provenía. “Escurçons necesita ánfora, es una explosión, va hacia arriba, en cambio, Pesseroles (la cariñena de finca de la familia) es rudo, rotundo, se enerva con el barro, necesita calidez, mimo, necesita madera” me espetó Sara, acompañando cada frase con un enérgico gesto y un par de onomatopeias. Totalmente cautivado por tales razonamientos, no pude más que estremecerme con un nuevo sorbo y gozar del viento del Priorat en mis mejillas. En el camino de vuelta la conversación tuvo tintes históricos: la filoxera, las cooperativas, el cultivo en los llanos, la migración, las variedades antiguas y un largo etcétera.

Después de una última parada en Mas Martinet, donde pudimos catar un enorme Clos Martinet todavía en depósito de cemento y visitar la sacristía todavía no inaugurada donde descansarán las joyas de la corona. Sara me acompañó al coche donde pude, por fin, entregarle el pan que mi mujer había elaborado en casa con todo el cariño y, una botella de mi propio vino, una producción minúscula pero hecha con toda la calidez de una familia, que emocionó a una de las reinas del vino.

Nos despedimos con un hasta pronto después de un selfie que salió fatal y cada uno siguió su camino. Pero, una imagen había quedado clavada en mi retina, Els Escurçons (las víboras). Aparqué el coche en un lateral de la carretera al tiempo que Sara me avanzaba y saludaba. Mientras gozaba de las vistas que el mirador ofrecía, no pude evitar pensar que aquellas víboras no tenían veneno, sino el antídoto; el antídoto a la mediocridad, al olvidar los orígenes, al trato al vino como un producto comercial cualquiera, a la homogeneidad, a la impersonalidad … el antídoto a las modas, al inmovilismo, el antídoto al miedo.

 

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