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Los diferentes colores que puede tener un vino

El color del vino depende de factores como las variedades de uva empleadas, la forma en que se ha elaborado o su edad.

Cata de Vino | 2014-11-25 10:42:24


El color del vino viene dado por el color de la piel de la uva con la que se haya elaborado, así, un vino blanco proviene de las uvas verdes o blancas, un vino rosado se obtendría dejando macerar brevemente el mosto con la piel de la uva y un vino tinto se obtendría dejando macerar el mosto con la piel de la uva hasta alcanzar el color deseado por el enólogo.

Por ello, la primera y más elemental de las diferenciaciones entre los tipos de vino que conocemos es la que los clasifica entre blancos, rosados y tintos, aunque los blancos sean amarillos, los tintos granates y sólo los rosados se correspondan con su color. Paradojas de la ciencia. En cualquier caso, cuando, analizamos el color de un vino lo hacemos en torno a tres parámetros: el brillo y la intensidad, que están muy ligados entre sí, y la tonalidad.

Para examinar estos aspectos en la cata, también ponemos la copa bajo una luz blanca y sobre un fondo blanco y bien iluminado que nos permita observar sus matices. Algunos adjetivos utilizados para describir la intensidad y el brillo de un vino son: profundo, intenso, nítido, cubierto, oscuro, vivo, apagado, débil, claro, ligero, pálido, etc.

La tonalidad es un poco más compleja de definir porque responde a menudo a los parámetros de color que cada catador posee.

Aun así, hay un lenguaje más o menos estandarizado para cada una de las tipologías de vino.

Blancos: sus tonalidades recorren toda la gama desde la transparencia hasta el ámbar: incoloro, blanco, acerado, amarillo pálido, amarillo paja, amarillo limón, amarillo dorado, topacio, oro pálido, oro fino, oro viejo, dorado, rojizo, castaño, ámbar, etc.

Rosados: sus tonos recorren toda la gama del rosa hasta el salmón: rosa violeta, rosa franco, rosa cereza, rosa frambuesa, bermellón, rosáceo, rosa anaranjado, piel de cebolla, anaranjado, salmón, etc.

Tintos: es la gama más amplia porque responde a las peculiaridades de cada variedad y a los múltiples modos de elaboración y crianza a los que se someten. Sus tonos van desde el rojo hasta el negro: rojo, rojo violeta, rojo cereza, rojo rubí, rojo sangre, rojo anaranjado, teja, carmín, rubí, granate, bermellón, púrpura, violáceo, rojo picota, picota madura, negro.

También hay que tener en cuenta otros factores, por ejemplo:

Los tonos dorados en los blancos jóvenes son signo de oxidación.

Los rosados jóvenes son brillantes y vivos, los tonos pardos o asalmonados indican oxidación.

El brillo y la viveza son signos de acidez.

Las lágrimas de vino que caen lentamente de la pared de la copa al agitarlo denotan la presencia de alcohol y glicerina.

El tiempo de crianza o de guarda afecta a todos los parámetros del vino y por supuesto también al color. En un proceso de guarda prolongado el color del vino se apaga perdiendo su brillo y su intensidad, el rojo vivo que lo caracterizaba cuando era joven ha desaparecido, al igual que los complejos aromas terciarios. Con los vinos blancos ocurre lo mismo y quizás son más fácilmente detectables, de hecho, no hace falta que pase mucho tiempo para que empiecen a oscurecerse

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