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Pequeñas joyas vitivinícolas: El Priorat.

La comarca del Priorat, en el interior de la provincia de Tarragona, figura como candidata a patrimonio de la humanidad como paisaje de la vid y del vino. Su historia vitivinícola y su belleza de paisaje lo avalan.

Cultura del Vino | 2015-07-30 13:56:34


Sobre la ladera meridional de la poderosa mole rocosa de la Serra del Montsant, a mediados del siglo XII, se fundó Scala Dei, la primera cartuja de nuestro país, por monjes llegados de la Grand Chartreuse, los primeros grandes viticultores monacales de España; ellos fueron los grandes pater vinarius, garantes de una cultura enológica que estaba recuperándose en la Edad Media.

La cartoixa (cartuja) de Scala Dei representa el símbolo espiritual y laborioso de la comarca, de la cual adquirió su nombre –“Priorat”–, de prior o superior de la congregación de monjes cartujos. La fundación se remonta al año 1163; cuando Albert de Castellvell, señor supremo de estos territorios, tras la conquista de Siurana, a petición del monarca Alfonso II de Aragón, hizo una donación de tierras de Poboleda a un tal Ramón de Vallbona, facilitando de este modo el asentamiento de un grupo de eremitas moradores de diferentes lugares del Montsant y unos monjes franceses llegados de Provenza. La fundación provisional fue en 1172, y tuvo lugar cerca de la villa de Poboleda, y sus miembros se acogerían a la regla de San Bruno. Dos monarcas aragoneses Pedro I y Jaime I no escatimaron esfuerzos para ayudar a esta comunidad; y fue en 1203 cuando los monjes decidieron trasladarse, desde Poboleda, al definitivo lugar que hoy nos conmueve el ánimo al contemplar entre la ruina y la desolación, pero de una grandiosidad aún intacta pese a los estragos del tiempo.

En esos años fundacionales cada monje poseía una sencilla celda y un pequeño huerto adjunto. Las primeras celdas fueron levantadas en torno al patio destinado a cementerio, el cual convirtieron en un humilde claustro. En el sector meridional se alzaba la iglesia, que mostraba una imponente sencillez.

Allí, en aquel paradisíaco entorno, los monjes fueron desarrollando un arte noble: el de la viticultura, toda una industria que progresivamente iba a convertirse en la principal fuente de riqueza de la comarca. Ellos, los cartujos, fueron por lo tanto los verdaderos pater vinatius, a los que tanto les deben los prioratinos de hoy. Durante muchos siglos, la cartoixa de Scala Dei fue toda una garantía para la comarca del Priorat. Los monjes construyeron grandes cellers (bodegas), en donde madurar el vino de la región, al tiempo que trazaban una tupida red de establecimientos y almacenes necesarios para su mejor distribución. El siglo XVIII fue la época de mayor esplendor de la cartuja: la iglesia se revistió de mármol, se agrandó la sacristía y las capillas, al tiempo que se construía el monumental frontispicio de la fachada de entrada a las diferentes dependencias monásticas, que aún se conserva, así como la interesante fachada de entrada a la plaza de la portería y la amplia arcada de medio cañón que la precede. Pero dos acontecimientos históricos irían a destruir este esplendor: la Guerra de la Independencia, primero, y las desamortizaciones (1834-35), después; dejando a Scala Dei, la primera de las cartujas de la península Ibérica, en una pura ruina, después de haber sido objeto de terribles saqueos y feroces incendios.

Y fuertes son las razones por las que este territorio ha decidido solicitar a la UNESCO que el paisaje del viñedo de esta comarca sea declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, como lo confirma el presidente de la Denominación de Origen Calificado Priorat, Toni Alcover: “El reconocimiento del Priorat como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO supondría para la DOCa Priorat un impulso a su papel como región vitivinícola y paisajística de referencia en Europa y en el mundo. Supondría reconocer las características que dan una fuerte personalidad a nuestra región, como pueden ser su orografía singular que condiciona una arraigada viticultura heroica, un terruño único marcado por la presencia de la pizarra “llicorella” o la belleza de unos pueblos que mantienen intacta su relación con la vida rural. Se trataría de un gran estímulo para continuar en la lí- nea de una agricultura tradicional respetuosa con la gran biodiversidad de la zona y que pueda combinarse con una oferta enoturística sostenible. La cultura del vino podría ponerse en valor desde las premisas que marcan la identidad propia de esta denominación”.

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