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Viajar a vinos viajeros.

Durante los últimos años, los amantes del vino y su cultura hemos decidido recorrer a la inversa el camino que esos grandes viajeros recorrieron en nuestra búsqueda. Quizás queremos conocer más de ellos, pero también de nosotros mismos. Autor: Marco Antonio Oliva Sumariva

Concurso Enoturismo 2016 | 2016-03-31 09:49:16


Suele ocurrir que cuando entramos al hogar de un viajero, ese al que el modo natural de entenderse a sí mismo ante la vida le hace habitar en unos u otros lugares, nos impregnamos de las esencias de un carácter forjado en múltiples parajes y culturas. Incluso cuando nuestro anfitrión es alguien entrado en años y su hogar ya ha resultado ser la horma del reposo, percibimos latente el ajetreo y sentimos, aún, la pulsión vibrante de la actitud de éste.

Esto mismo ocurre cuando entramos en una bodega. Cruzamos el dintel y nos recibe la penumbra en tanto nos envuelve un silencio que sentimos, al tiempo, sereno pero diligente. Esta aparente paradoja se nutre en la calma hacendosa que intuimos acaece dentro de esos universos que, alineados en andanas de tercias o cuartas, o a través de umbrosas cavas, bregan entre duelas de botas y bocoyes, o dentro ya de sus propias botellas. Entonces, aun no comprendiendo del todo el carácter y las circunstancias de estos peculiares lugares, entramos en familiar contacto con los vinos que allí moran. 

Y es normal que esto ocurra, ya que los vinos, todos cuantos se crían en el entero ámbito geográfico vitivinícola, han sido entendidos por sus criadores como bálsamos con los que al tiempo cautivar a sus vecinos, pero también seducir los paladares más lejanos. Y esto que decimos ha ocurrido desde antiguo, ahí tenemos el histórico baluarte de los navegantes vinos de Jerez; pero también sigue ocurriendo en la actualidad, como lo vemos entre los que retoñan en las regiones vinícolas más contemporáneas.

Los vinos, por tanto, han llegado hasta nosotros siempre, sea cual sea el medio de transporte, maquinaria o invención, guardados en los recipientes más acordes a la estabilidad de sus espíritus y al atractivo comercial en su presentación; trenes, barcos, globos aerostáticos, submarinos, aviones, diligencias, barriles, cajas, botellas, etiquetas, lacres, sellos, salvoconductos…Todos los vinos, en traje de viaje y a través de todo el mundo, han venido hasta nosotros antes que lo hayamos hecho nosotros hacia ellos.

Quizá, como otras corrientes turísticas, todo empezó con el Grand Tour o durante los viajes románticos por España. Pero lo cierto es que el fenómeno que estamos conociendo en la actualidad y al que se le ha dado el nombre de enoturismo, ha comenzado con inusual fuerza con la especialización de la actividad turística según el interés de los viajeros. Y es entonces, en el momento en que nos familiarizamos con esta corriente, cuando ya somos, tanto los vinos como nosotros, unos viajeros que nos miramos cara a cara. Y es que durante los últimos años, recorriendo prácticamente a la inversa la misma vía por la que nos llegaron, vamos queriendo conocer aquellos lugares de donde proceden las esencias de los vinos que consiguieron a enamorarnos, quizás para, conociéndolos aún más, logremos desentrañar sus misterios y podamos caer definitivamente rendidos ante el arcano poder de su naturaleza.

Y ahí, en sus lugares de crianza, como si observáramos cada vez más de cerca el contenido de una botella a través de su vidriosa superficie, los expertos profesionales del universo enológico nos revelan con maestría las razones y argumentos sobre los que se yergue el misterio de los vinos sin perder a lo largo de su exégesis ni un ápice del encantamiento primigenio, aún más, sus explicaciones nos hace descorrer un telón tras otro para mostrarnos el espléndido escenario de la cultura enológica.

Es entonces, y en esos lugares, cuando intuimos que nosotros mismos formamos parte de la orgánica escenografía del vino. Mientras paseamos por los viñedos donde granan los racimos y entramos en los crisoles de crianza donde nos saluda de tú a tú, comprendemos que el vino, como nosotros, es otro viajero. Su paso por el mundo está hecho de caminos y montes, de soles y vientos, pero también de genética y contexto. Y es en ese momento cuando entendemos que el vino es un viajero experimentado que ya ha recorrido muchos kilómetros y casi con toda probabilidad ya ha visitado tu casa y, aún más, ya ha estado dentro de ti. Así pues, estás en el hogar de un viajero que ya te conoce y sabes muchas cosas de ti, y presientes que casi no tienes secretos para él, así que muy probablemente te va a abrir su casa sabiendo bien qué darte. Este es el motivo, y no otro por el que la experiencia del viajero enológico es prácticamente infalible.

Pero este nivel de relación con los vinos, ya vemos que podríamos calificarla de íntima sin caer en exageración, nos crea unas expectativas que deben ser resueltas con maestría por aquellos profesionales de la oferta enoturística, o al menos estamos moralmente obligados a que así sea, puesto que de otro modo podríamos caer en una sensación que prácticamente podríamos comparar con el desengaño amoroso.

Afortunadamente, los últimos datos sobre el sector de los que somos conocedores, revelados por ACEVIN a comienzos del presente año, nos indican que en la evolución de la actividad enoturística crece el perfil de aficionados y entusiastas, a lo que podemos deducir que éstos ya son conocedores de la oferta y, gracias a las buenas experiencias obtenidas, deciden repetir. Esto nos habla del buen hacer de los profesionales del sector en el ámbito nacional.      

El estudio del Observatorio Turístico de las Rutas del Vino de España también nos indica que un porcentaje significativo de nosotros viajamos a cualquiera de los 25 destinos vitivinícolas de España motivados por lo que denominamos cultura del vino, un concepto genérico que abarca un grupo de factores entre los que se encuentra la enogastronomía, el paisaje rural, la arquitectura industrial y la artesanía asociada, y en definitiva todos aquellos factores socioeconómicos, artísticos y antropológicos que conforman el corpus de la cultura enológica. 

El auge de las visitas a viñedos, e incluso de la participación en vendimias, de las catas maridadas con especialidades gastronómicas de la zona, de los tratamientos de vinoterapia y de los talleres de recreación de labores en bodegas son algunos de los exponentes más contemporáneos a las ya más conocidas visitas a bodegas y catas de vino, aun así actividades que siguen siendo objeto de gran demanda gracias a la continua mejora y adaptación a la oferta y a las nuevas tecnologías que se está realizando desde el sector vitivinícola. 

Ese es el motivo por el que el enoturismo está viviendo un auge que nos llena de optimismo a todos los viajeros enamorados del vino y su cultura, y es esto lo que nos mueve a visitar el hogar de los vinos, esos viajeros que están compartiendo su camino y su destino con nosotros, ya que, si el vino forma parte de nosotros mismos y, tras haber conocido su lugar y su espacio natural, conocemos su pasado y su presente, comprenderemos cómo éstos son y sabremos cómo evolucionan y, quizás lo más importante, también podremos intuir algo de su futuro, que en gran medida va a ser el nuestro.

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