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Vino…y nunca se marchó.

Lorena nos trae una de esas historias personales que marcan el carácter de los viñedos y el vino y que acercan al enoturista al esfuerzo de las diversas generaciones de bodegueros. “El Abuelito, Juan, La Seca, el vino de Rueda... Mi vida. Una experiencia llena de sentimientos y salpicada por la mística de un líquido. Que se ve. Se huele. Se palpa. Se siente...” Autora: Lorena González Mata.

Concurso Enoturismo 2015 | 2015-03-25 16:58:13


Al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver. El tamiz de los años, las experiencias, las expectativas, los recuerdo. Lo cambia todo.

Esta idea juguetea en mi cabeza mientras trato de comprender la mística del vino que tengo en mis manos. Sujetaba la copa de que vino blanco semidulce (Denominación de Origen Rueda) como mi abuelo me había enseñado. “Siempre por la base.

Si no, lo calentarás”. Así me pierdo, mirando a través del vino, entre relámpagos de recuerdos que cruzan mi mente.

Había vuelto a La Seca después de diez años sin pisarla. Muchas veces nos afanamos poseer o guardar cosas materiales queriéndonos sentir más vivos por ello. Pero nunca hay nada que te aferre más a la vida que lo vivido: los recuerdos. En este pueblo vallisoletano pasé los veranos desde siempre. Hasta aquellos 18… Nunca volví, nunca quise regresar. Al menos físicamente. Hasta hoy.

Los viñedos casi me daban sombra a mí: una niña de nueve años risueña, llena de pecas y con algún diente de leche menos que hace que la sonrisa de los pequeños sea tan entrañable. Iba feliz. El cole había acabado. Buenas notas y a pasar el verano a casa de los abuelos. Paseaba agarrada de su mano mientras él no paraba de hablar. A mí me encantaba escucharlo. Siempre fue así, no callaba, pero nunca decía nada de más. Mi abuelo estaba empeñado en que conociera aquellos viñedos como la palma de mi mano, esa que agarraba y nunca soltaba. En 1870, paralelamente al nacimiento de la Denominación de Orígen Rueda, mis antepasados habían iniciado un proyecto vinícola que en 1994 dirigía con mimo mi abuelo. “Abu, cuéntame…”. Adoraba escucharlo.

Él, perteneciente quinta generación vinícola de los González-Mata, había iniciado un proyecto nuevo en 1976 construyendo una bodega inédita hasta aquel momento. “Esto lo cree yo con estas manitas Lorena.

Y será para ti”. Yo no sabía el signifi cado de aquellas palabras, pero sólo pensaba que sería genial poder ir toda la vida a pasar el verano a La Seca. Se me iluminó la cara.

-”Yo no me quiero ir, Abuelito. Yo quiero quedarme aquí contigo”.

 -”No puedes. Tienes que volver a Madrid para ir al colegio Canija”

Así me llamaba a pesar de que ese verano, el de los 14, ya había pegado el famoso estirón. Desde muy pequeña me llamaba así, y yo refunfuñaba y decía: “Seré grande. Ya lo verás, Abuelito”. ¡Si me viera ahora con mi 1,74! Ese septiembre de 1999 agarré uno de mis mayores berrinches. Yo quería quedarme para la vendimia con él. La uva estaba preciosa. “Mira ese racimo. ¡Cómo brilla! ¡Está para hacer un bodegón!”, decía mi abuelo. Ese día conocí que un bodegón no es una bodega grande… Aquel verano había aprendido millones de cosas de su mano.

Mi hermano, se pasaba el día con sus amigos gamberreando por el pueblo: haciendo perrerías a los gatos o gastando bromas a las niñas. Pero yo no me despegaba del Abuelito. Me divertía conocer los entresijos de la bodega y los viñedos. Jugábamos sin parar en el caserón que tenía rodeado de las 220 hectáreas de viñedo. Él me contaba y me preguntaba.

Cada respuesta correcta eran diez puntos. Si llegaba a cien… ¡un premio!

- “¿Composición del terreno?”

- “Mmmm… Subsuelo arcilloso y calcáreo.

- “Y…”

- “Espera, espera, que lo sé. Con un suelo cascajoso lleno de cantos. Lo que favorece al drenaje. Jum”.

Era algo repipi. Lo sé. Pero me hacían feliz aquellos momentos con él. Su sonrisa se iluminaba. Y no importaba tener que aguantar las burlas de mi hermano Alejandro que me puso el mote de Vicenta la Niña Repelenta. Y encima estaban los premios…

Muy de niña recibía alguna moneda gorda (como yo llamaba a las de cien pesetas) que guardaba en una hucha con forma de Big Ben que me había traído mi tía de Londres. Lo hacía para cumplir mi sueño de niña: ¡ir a Disneyworld! En la adolescencia, mis premios eran rutas para conocer la zona. Sin saberlo,

Mi abuelo y yo inventamos la ruta vinícola por la zona en aquel Range Rover antiguo y cochambroso que mi abuela no paraba de decirle que cambiara.

Recorríamos la zona visitando lugares, bodegas viñedos, restaurantes, monumentos… De La Seca al Castillo de la Mota en Medina del Campo. De Rueda a las murallas de Olmedo. Del Monasterio de Santa Clara en Tordesillas a Matapozuelo. Tengo tatuada la zona en el cerebro y siempre será así. Fue por esa razón por la que inicie el proyecto de La Ruta de Vino D. O. Rueda que hoy me hace regresar a mis recuerdos.

El verano de los 18 fue el último que pasé entero en La Seca. Ahora, doce años después, los flashes de un tiempo perdido se me vienen como relámpagos a mi cabeza. Ya no era una niña. Ya no pasaba todo el tiempo con mi abuelo, pero ya le ayudaba tomando responsabilidades, en la gestión de todo. Empiezan a romper gotas de lluvia contar el cristal y un beso de Juan, me hace volver al presente, pero a la vez me lleva a ese verano de 2003. En estos viñedos le conocí a él. En estos viñedos le di mi primer beso. En estos viñedos me emborraché con él. En estos viñedos me enamoré… Entre la uvas Verdejo y la Sauvignon Blanc que tenía mi abuelo nació la historia entre los dos.

Él veraneaba también en La Seca. Sus abuelos tenían una quesería donde les echaba una mano.  Nunca olvidaré la primera vez que lo vi. Con ese delantal blanco, su sonrisa me deslumbró. “Cariño, ya voy yo a comprar queso. No hace falta que vayas tu siempre”, insistía mi abuela cuando comencé a ir compulsivamente a comprar el queso curado de oveja que le gustaba comer a mi abuelo con su copita de vino. Pero desde el primer momento que lo vi, ir a la quesería era el momento que esperaba durante todo el día. Él era valiente…Le echó arrojo y me dijo: “¿Te apetece quedar?”. Le dije que sí, pero…

El día de la cita le di plantón. Mi abuelo me propuso ir a supervisar con él la añada de 1996. Podía haberlo pospuesto para el día siguiente. Al Abuelito no le habría importado, pero me temblaban las piernas al pensar en quedar con Juan a solas. Y en el último momento le di plantón.

Me entristecí por haberle hecho eso. Pero se me olvidó al entrar en la sala de barricas, todas de roble francés. Las vi alineadas y regias como una cohorte romana presta para la batalla. Mi abuelo me dio a probar de una: “Toma, es semidulce”. Era la primera vez que me ofrecía vino. En todos estos años, era un compañero más en mi vida, pero en mi relación con él nunca lo había probado. Nerviosa, tomé un buchito pequeño y rápido. Sonriendo mi abuelo me dijo: “No, no. Así no. Míralo. Huélelo. Saboréalo. Siéntelo”. Al segundo intento todo cambió. Abrí mis sentidos. Me esforcé y nunca olvidaré ese momento.

Miré el lacrimeo del aquel líquido amarillo pajizo en la copa: era cálido, limpio y brillante. Pude sentir en mi nariz toques laurel y frutas tropicales. Incluso adiviné a reconocer un fondo de miel. Y saboree un brebaje untuoso y frutal con ligera chispa de dicotomía entre la acidez y lo dulce. Nunca lo olvidaré.

Estoy nerviosa, pero como siempre su beso me tranquiliza. Juan tiene la asombrosa cualidad de tranquilizarme. A mí, que soy una lagartija inquieta e hiperactiva. Pero él me daba paz con sus besos.

Estoy a punto de cerrar la entrada de la bodega en la Asociación de la Ruta del Vino de Rueda, creada en tan sólo hacía dos años, en 2013 por la ACEVIN (Asociación de Ciudades del Vino). Aquí me encuentro, enfrentándome a mí pasado del que había estado alejada durante una década. Aquellas vacaciones de 2003 fueron las últimas en La Seca, pero las primeras de una nueva aventura. La de mi vida junto a Juan. Finalmente las ganas vencieron el miedo a pasar tiempo a solas con él y decidí que quedásemos. Tardé en decidir qué ponerme como tres horas y al fi nal aposté por unos vaqueros y una de mis camisetas favoritas: la de los Ramones. El vestido había quedado descartado hacía hora y media. Nos encontramos en la salida del pueblo.

-“¿Dónde vamos?”

-“Ya lo verás, es sorpresa…”

Iba cargado con una mochila. ¿Qué llevaría dentro? Iba muy guapo con su barba quiero y no puedo que escondía una de las cosas que más me atraían de él: la sonrisa. Nervioso, no paraba de mostrarla tratando de agradar. De repente llegamos y nos colamos en los viñedos de Villa Narcisa, pertenecientes a la bodega Javier Sanz. Abrió la mochila y sacó un mantelito de cuadros. Una botellita de vino verdejo. Jamón ibérico de Peñafi el. Y un surtido de quesos: Curado, Añejo,

Torta al vino verdejo, Saint Paul Oro, Ahumado y Azul. No podía faltar, yo era muy ratoncita y él ayudaba a sus abuelos en una quesería.... No quería beber el primer día con él, pero finalmente sucumbí y me rendí. Los vapores y mis nervios me hicieron hablar compulsivamente durante toda la noche. Algo había heredado del Abuelito. De repente, Juan me miró fi jamente a los ojos: “Hablas mucho, calla…”. Ladeó su cabeza y acercó sus labios a los míos. Nos fundimos en un beso. Un beso que me hizo sentir en todo mi cuerpo una sensación nueva: “Sí, es él”. Entonces supe que nunca me separaría de su lado.

Tras ese verano no volví a La Seca. Bueno, tan sólo una vez. Comencé a estudiar Historia del Arte en París. Siempre quise ampliar mundo y me ofrecieron una beca para ir a la Sorbona. Juan volvió a echarle valor y se vino conmigo a estudiar periodismo.

Aquel noviembre el teléfono sonó como un signo de exclamación. Esa mañana estaba en nuestro apartamento de la Rue de Hauchette cuando oí la voz rasgada de mi madre. El Abuelito había fallecido. Durmiendo, no había sufrido. Pero ya no podría perderme entre los viñedos escuchando sus historias. Volví a La Seca para decirle adiós. Y cómo no podía ser de otra manera, descansa junto a sus vides, como él quería. En un sitio donde será eterno.

Días más tarde mi padre me explicaría que el Abuelito me había dejado en herencia el caserón y los viñedos. Ellos lo gestionarían hasta que yo quisiese.

Hoy vuelvo a la Seca para continuar el trabajo que él comenzó. En un principio no quería saber nada de la casa ni los viñedos. Pero sé que él querría que siguiera su camino. Es mi mejor homenaje. Acabo de firmar el acuerdo y me siento bien.

-”Nuestra bodega ahora está en el mapa de la Ruta del Vino de la Denominación de Origen de Rueda. Ojalá lo hubiera visto”, le dije a Juan.

-”Estaría orgulloso, seguro…”

-”¿Sabes qué? Vamos a crear una nueva variedad con su nombre. Se lo merece…”

 

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