El Chandon que nació en los bares de Buenos Aires.


Publicado el 14 de Noviembre de 2020


El Chandon que nació en los bares de Buenos Aires.

Todo vino nace en las meditaciones de su hacedor. Por eso puedo decretar con categórica certeza, que el primer Chandon (fuera de Francia) nació entre el humo de los cigarros, el vociferar de los porteños y el bullicio de las losas de los bares de Buenos Aires.

Autor: Guillermo César Gómez

 

La historia de Chandon en Argentina tiene su génesis en la década de 1950 con las innovaciones del Conde Robert-Jean de Vogüé, présidente de Moët & Chandon.

Vogüé llegó a la conclusión que en su amada Francia el futuro de Chandon estaba arrinconado. En Francia no era posible ampliar la zona de la denominación de origen, y por lo tanto Chandon no podría aumentar su producción.

Entonces tomó la audaz y herética decisión de encontrar en otras partes del mundo terruños donde producir más Chandon. 


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La gente más lugareña y enraizada de la región de Champagne se perturbó, pues era una traición a la comarca, y escandalizados fijaron el grito en el cielo contra Vogüé.

A mediados del siglo pasado Estados Unidos era casi prohibicionista, y todavía quedaba en la memoria colectiva el terrorismo de la ley seca, y casi no había una cultura vitivinícola en países como Australia y Nueva Zelanda.

Vogüé tenía más empatía y afinidad con su pariente, el barón Bertrand de Ladoucette, que vivía en la sureña Buenos Aires.


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Y así visitó Vogüé la Argentina hacia fines del año 1955, invitado por Bertrand. La Argentina tenía fama de rica y había inaugurado un socialismo latinoamericano que había sido bombardeado recientemente por los militares.

En 1955 la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea se sublevaron contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón y hostilizaron la Plaza de Mayo, mejor dicho, aviones Gloster Meteor  dejaron caer literalmente sobre la ciudad catorce  toneladas de bombas que dejaron 350 muertos y más de dos mil personas ensangrentadas y sollozando en las calles.

Vogüé solo escuchaba hablar en las calles porteñas del pasado bombardeo. Mientras caminaba contemplando las fachadas y las modas de Buenos Aires, también observó los muros ametrallados de la Casa Rosada y del cercano Ministerio de Economía, había tensión social y soldados por todos lados. 


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Vogüé era un hombre políticamente progresista, al frente de Moët & Chandon, había profundizado su catolicismo social, y buscó de todas las formas, mejorar las condiciones de vida de sus trabajadores. Aprendió muchísimo del sindicalista de la CGT en el hogar de Gaston Martin, con quien, para disgusto de sus amistades más elitistas, mantuvo relaciones de confianza e incluso de amistad. Esto le valió el sobrenombre de marqués rojo.

Vogüé también contribuyó para la construcción de relaciones pacíficas entre comerciantes y viticultores, la conquista de mercados externos, y la invención del prestigioso Dom Pérignon.

En Buenos Aires Vogüé fue aconsejado por la gente bien vestida que encontró al pasar: No crea demasiado en lo que vea, ni mucho menos en lo que oiga.


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Vogüé montó a caballo y jugó al polo en las estancias, bebía vino y en las acaloradas tertulias trataba de entender esta cultura. También comió el clásico asado de novillo en los carritos junto al Río de la Plata, pero todo el tiempo intentaba deducir las tensiones de este país.

Advirtió Vogüé en los ruidosos bares que los porteños hablaban en voz alta como los italianos, y en cada mesa de los restaurantes populares había recipientes de vino blanco, vasos a los cuales se le agregan cubitos de hielo y agua con gas para cortar el vino. 

Vogüé veía en los vasos de vino con soda las burbujas del Champagne. Su anfitrión estaba feliz de que lo hubiese descubierto espontáneamente, casi en soledad, porque eran esos raros vasos con vino blanco y soda, el motivo por el cual lo había invitado a su compatriota a Buenos Aires.


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En aquella época se conocía en Buenos Aires el Pommery francés, que era muy caro y demoraba mucho en llegar al otro lado del Atlántico.

Cinco años después de mirar los bares de Buenos Aires, dio a luz el primer Chandon argentino en Mendoza. 

Los argentinos somos descendientes genéticos de la gastronomía mediterránea, nuestro gusto por el dulce en el vino no es exagerado, ni empalagoso como en el paladar inglés.  


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A las burbujas las queremos contemplar en el vino y en el agua como parte de nuestra efervescencia emocional, como una extensión de nuestra esplendidez y rebosante salud.

El Chandon pasó a ser el amigo de más días en la vida de los argentinos, y el whisky quedó como una bebida de viejos nostálgicos del ferrocarril inglés, estos veteranos maldecían a este Buenos Aires con burbujas de vino blanco que era cada día más francés…

Con el Chandon mendocino Buenos Aires se tornó la indiscutible París de Sudamérica.


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