Publicado el 11 de Febrero de 2015
La amenaza de destrucción de algunos paisajes y la banalización de otros hace que sea necesaria la protección de aquellos que tienen valor como patrimonio cultural, entendido este concepto como el conjunto de bienes y derechos heredados, propiedad de una persona, institución o sociedad. Por ello, la Convención sobre el Patrimonio Mundial, Cultural y Natural elaboró un documento, adoptado por la UNESCO en 1972 (Conferencia Internacional de la ONU, Paris, 1972), incorporando la categoría de paisaje cultural como patrimonio, entendiendo que ilustra la evolución de la sociedad humana y sus asentamientos a lo largo del tiempo, condicionados por su entorno y por la acción de fuerzas sociales, económicas y culturales, tanto internas como externas.
Así por ejemplo, situado en las estribaciones de las montañas de Zemplén (en el noreste de Hungría), a lo largo del río Bodrog y en la confluencia de la Bodrog y los ríos Tisza, el Paisaje Cultural Histórico de la región vitivinícola de Tokay fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en 2002.
En España existen varias ubicaciones que también aspiran a estos títulos patrimoniales con una gran cantidad de razones para ello. Existe en nuestro territorio un gran patrimonio paisajístico y cultural vinculado al mundo del vino. Por ejemplo El ámbito geográfico de la DO Utiel-Requena es el espacio físico y cultural en el que se han encontrado algunas de las evidencias arqueológicas más antiguas (Yacimiento de las Pilillas. Siglo VII a.C.) y abundantes sobre la producción de vino y su comercio en Europa, y en el que la actividad vitivinícola se ha mantenido de manera ininterrumpida hasta el siglo XXI. Estos dos atributos: Antigüedad y Continuidad, ambos acreditados por numerosos estudios e investigaciones, han dado como resultado un paisaje geográfico, humano y cultural único, que tiene como símbolo y expresión última de su evolución a la variedad autóctona Bobal, cuyo reconocimiento internacional se ha intensificado en los últimos años.
Los paisajes vitivinícolas europeos tienen arraigo histórico y estrecha relación con el medio natural, ya que forman parte del mosaico agrícola mediterráneo, en el que se combinan la clásica trilogía de trigo, vid y olivo, y configuran un sistema de paisaje cultural, territorializado (Bertrand, 2008), que se articula en torno a un núcleo habitado, bien definido. En ese sistema, los viñedos, como resultado de una obra humana, individual y colectiva a lo largo de generaciones, adquieren personalidad propia, constituyendo un espacio paisajístico que hoy se percibe como depositario de formas de vida, de tradición y de una ancestral relación con el medio natural.
La identificación de esos paisajes vitivinícolas como recurso, patrimonio y legado cultural es, pues, un primer paso para fomentar acciones de gestión y protección. Su estudio puede abordarse desde una triple perspectiva: como objeto, constituye un bien patrimonial, que tiene un importante valor agrario y cultural, en que se integran las bodegas, ya que este cultivo mantiene las características agrológicas del suelo y la biodiversidad, al conservar cepas autóctonas, y establece un lazo de unión entre los habitantes de la zona, el cultivo, la producción y la identidad del territorio; como proceso, es dinámico y cambiante, ya que su larga historia ha generando diferentes estructuras, siendo la dimensión temporal indisociable de la espacial; como recurso, ha dado lugar a la industria vinícola, en la que actualmente se identifica un claro enfoque técnico y comercial, pero también ha permitido la instalación de otras actividades económicas, industriales y de servicios, favoreciendo especialmente el desarrollo turístico.
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