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Madeira: La isla de las flores y el vino.

La autora, Shira Murciano, participa en el Concurso de Artículos Periodísticos sobre Enoturismo de Catadelvino.com. En este artículo Shira nos lleva de viaje a una isla de naturaleza exuberante, Madeira, donde el viñedo forma parte del paisaje y la tradición desde hace siglos

Concurso Enoturismo 2015 | 2015-03-16 11:30:46


Frente a la costa marroquí, entre jardines de flores y bosques de laurisilva asoma Madeira. Vascularizada por un entramado de levadas que distribuyen estratégicamente el agua desde las cumbres de las altas montañas hasta los terrenos más secos, haciendo así posible su cultivo. Sobre inclinadas laderas se configuran hoy los viñedos descendientes de aquellos que engendraron la leyenda del vino dulce blanco más inconfundible del mundo.

Intrínseco a una época en la que cientos de navíos atravesaban el Atlántico rastreando nuevas tierras y a un comercio basado en la caña de azúcar que pronto sería reemplazado por el del vino, éste viajó encabezado con alcohol en las recámaras de los barcos, domándose en sus agitadas y largas travesías. El calor lo fatigó tanto que emergió un vino diferente al original, donde la agresividad inicial quedó reemplazada por una inédita amabilidad y complejidad.

Madeira es una isla de origen volcánico que junto con las diminutas formaciones de Porto Santo y las Desertas constituye un pequeño archipiélago que emerge a escasos 700 kilómetros de distancia de la costa marroquí, latitud que favorece el predominio de un clima subtropical templado influenciado por la prominencia de los vientos Alisios que viajan desde la costa portuguesa hasta estas islas. La lluvia cae a razón de 640mm anuales y las temperaturas más altas se alcanzan con la llegada abrasadora de los vientos del este engendrados en el corazón del Sáhara.

Las incesantes formaciones montañosas que se extienden a lo largo y ancho de la isla determinan un paisaje escarpado de enorme belleza, recorrido por bosques de laurisilva, exóticos jardines de flores y vigorosos huertos y plantaciones de bananos, maizales, fabáceas y caña de azúcar. Traída de Sicilia, la caña, fue el cultivo con el que se activó la llegada de mercaderes de toda Europa y con ellos el comercio de la isla hasta el punto de convertirse en el siglo XVI en el mayor exportador de azúcar del mundo, que por su elevada calidad se bautizó con el nombre de “oro blanca” y relevó la producción cerealista de subsistencia basada en el trigo como alimento básico que permitiera la manutención de los primeros colonos de Madeira. A principios del siglo XVI se plantan las primeras vides en Madeira, mermando así extensión de caña de azúcar cuya producción ya se estaba incentivando en Brasil y otros países del sur de América.

Escarpado relieve de la isla con acantilados.

Todo los cultivos y la vegetación espontánea se entremezcla y dispone en una heroica arquitectura de terrazas esculpidas sobre abruptas laderas que comienzan en los periféricos acantilados, bañados por el Océano Atlántico, que enmarcan la isla, y acaban en el ascenso hacia los vertiginosos picos volcánicos Ruivo, Ariero y das Torres que con más de 1.800 metros de altura cada uno, constituyen las cotas más altas de este lugar. Una de las carreras más bravas de alta montaña del mundo se desarrolla coronando estas cimas. Se trata de una cruzada valerosa que atraviesa la isla desde el extremo poniente, Porto Moniz, famosa por sus piscinas naturales sobre rocas volcánicas, hasta el punto donde desembarcaron los descubridores de Madeira, la ciudad de Machico, que en la actualidad cuenta con la segunda población más cuantiosa de la isla. Cada participante es sometido a drásticos cambios de temperatura y desgarradoras cuestas que hacen burla a la fatiga humana. El galardón no está al final de la competición sino en el conjunto de tan bella travesía.

Está claro que el relieve descarado de esta isla supone una provocación para llevar a cabo cualquier actividad humana, desde la comunicación hasta la organización de un consistente sistema de explotación agraria ya que las fuertes caídas de nivel hacen que el terreno sea extraordinariamente erosionable y su fertilidad esté repartida de forma muy desigual. La superficie aprovechable resulta así escasa y de difícil mecanización.

Descenso de 589 metros desde Cabo Girão, el segundo más alto del mundo

La llegada de los primeros habitantes a esta tierra comenzó en la primera mitad del siglo XV, y con ella la isla se quemó. Sí, ardió en llamas, eruptó chispas y emanó humo sin pausa, empujando al mar durante días a aquellos hombres. Y así pareciese que esta inflamación imitara su propia gestación volcánica remontándose a más de tres millones de años.

Las marañas de vegetación que cubrían cual velo toda su superficie elíptica, de 22 kilómetros de ancho en los casos más generosos y 57 kilómetros de largo, se reencarnaron en cultivos, ahora sí, domables.

De lo primero quedó un recuerdo jamás fotografiado y algunos retales de laurisilva que hoy vuelven a ser abundantes configuraciones boscosas perennes subtropicales constituidas por bejucos, lianas y árboles de gran porte que recuerdan al laurel, son emblemáticas en algunas islas de la Macaronesia también conocidas como las Islas afortunadas. De norte a sur: Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde.

A la diversidad de naturaleza y especies endémicas que recoge esta isla se rinde homenaje y exhibición de orgullo con el festival de las Flores de Madeira, que se vanagloria, mediante sus mejores joyas naturales por las calles de Funchal. Elaboradas y abundantes composiciones florales de naturaleza tropical que desbordan de preciosidad los sentidos más exquisitos, se despliegan exuberantes cual alfombras por las que circulan carrozas acompañadas por fogosos bailes y músicas. Así se abre paso anualmente a la primavera, ataviada de gala y perfumada de irresistibles fragancias, con una pletórica fiesta, que constituye una de las atracciones culturales más importantes de la isla.

El sistema venoso del cuerpo de Madeira lo constituyen las levadas, son las que nutren de agua a toda la isla recogiéndola en los puntos más altos y haciéndola descender hasta las zonas más secas del sur de la isla a través de canales perfectamente diseñados e integrados en el paisaje, tanto es así que hay multitud de rutas siguiendo estos cauces que se extienden durante cientos de kilómetros para hacer posible, mediante la irrigación, el desarrollo de una agricultura próspera, así como el abastecimiento de las centrales hidroeléctricas de reciente construcción.

Entre estas rutas destacan 25 Fontes y Caldeirao Verde que discurren por rocas volcánicas, túneles y estilizadas cascadas de agua que llenan a su caída las cristalinas lagunas rodeadas de paredes verticales cubiertas por musgo y plantas malabaristas sustentadas en la roca con sus penetrantes raíces sobrevoladas por unos graciosos pájaros de pico plateado que aparecen como una creación fantástica infantil.

Detalle de una levada.

Las primeras levadas se levantaron en el siglo XV por esclavos y reos que se llevaron a la isla de Madeira para cumplir su condena, trabajo extremadamente difícil y arduo en el que perdieron la vida muchos de ellos. Estas islas constituyeron un punto de base marítimo para los portugueses en su rumbo hacia nuevos mundos. El origen de estos esclavos era principalmente África subsahariana así como indígenas canarios, obligados también a emplearse a fondo en el pastoreo y en los ingenios de azúcar. Creándose así un punto clave de tráfico de esclavos entre el triángulo de Europa, África y América.

Peculiar es la isla y peculiares, como no, también son sus vinos, uno de los productos más importantes en la actualidad.

Las primeras viñas, de uva Malvasía, se localizaron en Porto Santo, al noreste de Madeira, en cuya capital, Vila Baleira, vivió Cristóbal Colón. Allí, las abundantes horas de insolación permitían una mejor maduración de los frutos que bajo los encapotados cielos de Madeira, lo que explica que aquí las plantaciones tardaran más en desarrollarse, y lo hacían con una considerable carga ácida en el momento de la recolección de los frutos, así lo vinos resultantes eran incómodamente verdes y con el tanino poco pulido. Eso en el mejor de los casos, cuando la fruta no había sido engullida por la principal amenaza vitícola de la zona: Los hongos.

Sin embargo, ningún barco comenzaba a surcar el mar sin abastecerse de antemano, de manera cuantiosa con este líquido, ya que por entonces constituía un poderoso revulsivo de enfermedades como el escorbuto, que azotaban con fuerza y hacían mermar las tripulaciones de esos flotantes a lo largo de las lentas y prolongadas travesías hacia tierras lejanas.

En su paso por el Ecuador, el vino se sofocaba, sudaba, sufría y quedaba manso, era como si su rebeldía cayera rendida ante tanta fatiga y renunciase para siempre a su anterior bravura. Meses más tarde, al llegar al continente americano, el caldo de las botas había crecido, había ganado experiencia y complejidad, tenía una gran historia que contar y muchos querían escucharla.

Así se fue corriendo la voz que popularizó el vino de Madeira, más apreciado fuera que dentro de la isla. Y los piratas contribuyeron a ello puesto que a menudo desvalijaban esta isla, y entre otras joyas, arrebataban su vino y lo vendían en otras partes alejadas de allí, haciendo que muchos apreciaran sus características organolépticas y los efectos que al beberlo tenía.

Se trata por tanto, de un vino que no sólo no pierde fuerza con los años sino que gracias a esa curiosa transformación a su paso por los tramos más hostiles de las travesías a las que fue castigado alguna vez, ha sido capaz de recomponerse y dar algo mejor de lo que fue en origen.

Con el amago de imitar y reproducir estas condiciones transformadoras, se ha creado la técnica de crianza más original del mundo. Conocida como ‘’estufagem’’ o calentamiento controlado de los vinos, hace brotar suculentos aromas de torrefacción y frutos secos, que a golpe de mar y con la influencia de un suelo volcánico sobre la gestación de la madre viña da lugar a esta alhaja enológica.

Proceso de calentamiento llamado Canteiro que consiste en almacenar vino en las plantas superiores y por acción del sol llegar a temperaturas de 30ºC e incluso 40ºC.

Hoy, la isla cuenta con una superficie de 2.500 hectáreas de viñedos, extendida principalmente por las periféricas tierras de Câmara de Lobos.

Las cotas más altas las ocupan las plantas de Sercial, con la que se elaboran unos vinos secos, maderizados, con la volátil alta y de color oro que resultan perfectos para aperitivo. A continuación, bajando cota de altura, aparece el Verdelho, que desemboca en vinos semisecos de color ámbar y más concentrados. La Boal sirve para hacer los semidulces de destacado color ambarino y con penetrante fruta pasificada en nariz y boca. Por último la famosa Malvasía engendra los vinos más dulces y amielados de color marrón, son deliciosos para disfrutarlo a pequeños tragos que resultan eternos. Todos estos vinos danzan entre los 17º y 22º.

Cata de vinos de Madeira en la mítica bodega Henriques&Henriques, fundada en el siglo XV.

Al igual que en Champagne y otras zonas vitícolas de clima complicado y prestigiosas elaboraciones, en los Madeira el término Vintage distingue los vinos procedentes de una cosecha única frente a los que son mezclas de varias (blends) y la añada es una media de la edad del conjunto. Si además el tiempo de crianza y maduración del vino supera los 5 años, estaríamos hablando de un Colheita. Una vez más, la seducción del vino se extiende más allá del tiempo y del espacio, como si de una creación divina se tratara.

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