Publicado el 29 de Febrero de 2016
En la cata de vinos podemos diferenciar un vino joven de un vino con crianza. Durante su permanencia en barrica, el roble cede aromas y taninos al vino, además de producirse reacciones entre los componentes del vino y los que cede el roble ayudado por el oxígeno que pasa a través del esquive (tapón de la barrica), entre la unión de las duelas y los poros de la madera.
El color de los vinos tintos jóvenes suele caracterizarse por un rojo violáceo, más o menos intenso, virando luego al púrpura, al rubí y, al envejecer, a un rojo amarillento o rojo teja. Los tonos amarillentos o granate suelen observarse en los vinos tintos viejos.
Cuanto más añejo sea un vino tinto, más claro será el borde del disco, es decir que la intensidad de color es media, manteniendo tonalidades de color ladrillo, teja, marrón claro y ambarino.
También los aromas son importantes en la cata de vinos. Por el lado de los aromas, la fruta (moras, fresas, arándanos e incluso limón) siempre está presente de forma natural en los vinos tintos, pero en el caso de los crianzas esa fruta también ha envejecido, por lo que la característica puede asemejarse más a algo parecido a la compota. A ello se suman olores y sabores como la vainilla (natural, no como la de las natillas), la canela, el clavo, nuez moscada... que aporta la madera tras haber sido tostada.
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