Publicado el 23 de Julio de 2025
BODEGA OTAZU, EL ARTE DE UNA COPA DE VINO ENTRE SIGLOS DE HISTORIA
OTAZU (NAVARRA)
He tenido la oportunidad de visitar nuevamente un lugar donde el vino no solo se bebe sino que también se contempla, se respira y se vive con todos los sentidos. Así es Otazu, una de las bodegas más reconocidas de Navarra donde el vino, el arte y la historia se entrelazan para ofrecernos una experiencia inolvidable
Un navarro que emigró al Nuevo Mundo decidió regresar a sus raíces y adquirir el antiguo Señorío de Otazu del siglo XII que estaba bastante deteriorado por el paso del tiempo y al que devolvió su esplendor restaurando piedra a piedra sus estructuras. Años más tarde y al descubrir la antiquísima tradición vitivinícola de este señorío tuvo claro su objetivo: “rescatar la grandeza de tiempos pasados y volver a ser el paraíso vitivinícola de antaño”.
Para hacerlo realidad en el año 1990 plantó nuevas viñas y cinco años después vio la luz la primera añada de Bodegas Otazu qué actualmente puede presumir de contar con su propia Denominación de Origen Protegida y así elaborar Vinos de Pago, la más alta calificación de un vino en nuestro país. Solo unas 27 bodegas españolas tienen este privilegio.
Junto con Iker Andrés, director de Enoturismo, paseamos por este entorno natural privilegiado y delimitado por el río Arga y las sierras del Perdón y del Sarbil que nos introduce en una cápsula del tiempo a través de los históricos edificios que nos rodean y las monumentales esculturas vanguardistas que salpican sus viñedos.
Al pasear entre cepas de Chardonnay, Merlot, Cabernet Sauvignon y Tempranillo percibimos la fuerza y la belleza de la historia que rezuma en cada rincón conectando el pasado y el presente. Ejemplo de ello es su imponente palacio renacentista del siglo XIV custodiado por la escultura “La Dama de Otazu” de Valmes, su magnífico palomar capitaneado por una obra de Mascaró o la Iglesia de San Esteban donde incluso se celebran bodas religiosas.
Aquí el arte no es un simple complemento sino que forma parte esencial del paisaje y cuenta con una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes de Europa con obras qué, en muchos casos, rinden homenaje al vino. Desde “El color de nuestras vidas” (una escultura con líquidos en constante movimiento frente a la iglesia) hasta un gigantesco reloj que brota del suelo representando “El tiempo sin prisa” del vino, cada paso que damos nos sorprende con una obra artística. Una de mis favoritas es la del artista Mendizabal que no se contempla desde fuera sino que te obliga a entrar en ella para observar el mundo desde su interior. ¡Pura poesía visual!
Me encantó descubrir a través de sus viticultores la apuesta por la innovación y la sostenibilidad que llevan a cabo en el viñedo. Una de las iniciativas que más me sorprendió fue el uso de lana de oveja en el terreno. Este material natural, cada vez más relegado por las fibras sintéticas, lo emplean para cubrir el terreno y así evitar el crecimiento de malas hierbas conservando la humedad del suelo. Según su color regulan la maduración de las uvas al reflejar en mayor o menor medida los rayos del sol. Una solución original y eficaz!
Tras descubrir los tesoros que Otazu alberga en su exterior accedemos a la antigua bodega del siglo XIX donde se conservan antiguos instrumentos de viticultura prefiloxérica. Aquí disfrutamos de su Pago de Otazu Blanco de Chardonnay, una joya limitada a apenas 6.000 botellas por añada. Sus notas a fruta blanca madura con sutiles toques cítricos y pinceladas florales hicieron las delicias del paladar!!!
Seguimos nuestra ruta y me maravilla su sensacional y vanguardista Catedral del Vino diseñada por el arquitecto Jaime Gaztelu. La Menina plateada del artista Manolo Valdés nos da la bienvenida a este espacio subterráneo que parece sacado de un sueño. Entre nueve bóvedas de cemento se afinan y envejecen sus vinos en más de 1.200 barricas de roble francés mientras un sensacional conjunto de luces juegan con nuestros sentidos y nos transportan a una atmósfera casi surrealista. Entre sus barricas catamos Pago de Otazu Tinto de Merlot y Cabernet Sauvignon con 12 meses de crianza en el que destacaban sus notas balsámicas y los matices a fruta roja muy madura con pinceladas florales y especiadas.
No hay mejor lugar para catar sus vinos qué este sensacional rincón donde nos sentimos transportados a un espacio atemporal rodeados de bóvedas envolviéndonos en un ambiente sensorial verdaderamente especial.
Paseando por este singular Museo del Arte y el Vino catamos Altar 2016 de Cabernet Sauvignon con 18 meses de crianza en barrica y más de 60 meses de reposo en botella. Este prolongado reposo permite una extraordinaria integración de aromas y sabores adquiriendo una elegancia muy especial. Cada una de sus etiquetas es una pieza única por estar creada artesanalmente con la huella de la mano de los trabajadores de la bodega como homenaje al trabajo manual y al alma que hay detrás de cada botella.
Nuestra visita finaliza en la "Sacristía" donde se guardan las añadas históricas de la bodega. En este "santuario del vino" observamos un conjunto de vasijas de barro pisadas por las mujeres que trabajan en la bodega. Esta obra simbólica da la vuelta al peso de la historia porque en este lugar son las vasijas quienes sostienen a las mujeres.
Ha sido un privilegio pasear por estos lugares y observar cómo cada rincón cuenta una historia y cada uno de sus vinos encierra siglos de tradición, innovación, pasión y sobre todo “ARTE”. Muchas gracias a Iker Andrés y Lise Boursier por hacerme partícipe de este paraíso donde el arte también se bebe. Sin duda volveré nuevamente!!!
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