Publicado el 09 de Julio de 2026
Bodega Flors y el rescate de variedades olvidadas de Castellón
Les Useres (Castellón)
Durante mucho tiempo Castellón ha permanecido lejos del foco mediático del vino español. Sin embargo, si nos adentramos en su interior observamos que todavía existen territorios apasionantes por descubrir.
Pequeñas bodegas familiares, viñas viejas recuperadas del abandono, variedades ancestrales rescatadas del olvido y elaboraciones tradicionales que vuelven a cobrar protagonismo devolviendo a esta tierra una identidad vitivinícola que nunca debió perder.
¡Quizá ahí resida precisamente su mayor atractivo hoy en día!
Con esta filosofía nace Bodegas Flors donde cada cepa recuperada y cada variedad salvada representa un acto de resistencia frente al paso del tiempo y donde la pasión de un hombre ha devuelto a la vida un legado familiar que parecía condenado a desaparecer.
Para conocer esta historia viajamos hasta Les Useres, una pequeña localidad situada en el interior de Castellón. Esta provincia mediterránea rara vez aparece entre los primeros nombres cuando hablamos del vino pero posee una tradición vitícola milenaria.
Mucho antes de que las grandes regiones vinícolas españolas alcanzaran prestigio internacional estas tierras ya cultivaban viñas en torno al siglo V a.C.
Fenicios, griegos y posteriormente romanos entendieron el enorme potencial de este territorio abierto al Mediterráneo y convirtieron el vino en una pieza fundamental de la economía y de su vida cotidiana.
La llegada de la filoxera y el progresivo abandono rural provocaron una drástica reducción de la superficie cultivada y de sus 50.000 hectáreas históricas de viñedo apenas sobreviven hoy en día unas pocas centenas dispersas entre montañas, barrancos y pequeños pueblos que se resisten a perder sus raíces.
En este escenario aparece la figura de Vicente Flors, sexta generación de una familia vinculada históricamente al viñedo. Economista de formación desarrolló su vida profesional entre informes y despachos hasta su prejubilación en la que decidió cambiar los números por viñas, la oficina por bancales y las hojas de cálculo por las cepas familiares que habían marcado la historia de varias generaciones.
Lo que para muchos habría sido simplemente una nueva etapa vital, para Vicente se convirtió en una auténtica declaración de intenciones. Estudió enología, recuperó los antiguos viñedos familiares y se propuso demostrar que Castellón sigue siendo una extraordinaria tierra de vinos.
Por ello su proyecto no busca grandes producciones ni tendencias comerciales pasajeras sino que quiere mostrar algo mucho más complejo: “interpretar el paisaje mediterráneo a través de vinos profundamente personales”.
A medida que avanzamos por las estrechas carreteras del interior de Castellón, el Mediterráneo va quedando atrás y el paisaje cambia lentamente apareciendo suaves colinas cubiertas de almendros, olivos, algarrobos y pequeñas parcelas de viñedo dispersas entre pinares. Los aromas a romero, tomillo y lavanda impregnan el ambiente mientras que las flores silvestres crecen libremente entre las cepas.
En medio de este paisaje aparece la Bodega Flors, un proyecto tan reducido como apasionante porque a veces las historias más interesantes del vino no nacen en las regiones más famosas ni en las bodegas más grandes sino en pequeñas bodegas con alma donde la pasión y la convicción son capaces de mover montañas.
Junto a Vicente recorremos sus cuatro hectáreas de viñedo repartidas en diminutas parcelas. Muchas de ellas son viejas plantaciones en vaso cultivadas manualmente y con rendimientos extremadamente bajos que llegan a producir apenas un racimo por planta.
Su filosofía de trabajo se basa en la agricultura ecológica y en los principios de la viticultura regenerativa. Esta forma de entender el viñedo va más allá de evitar productos químicos porque en realidad busca recuperar la vida del suelo, favorecer la biodiversidad y devolver al ecosistema su equilibrio natural.
Pero si hay algo que distingue especialmente a Bodega Flors es su compromiso con la recuperación de variedades autóctonas minoritarias. Entre ellas encontramos la blanca Tortosí prácticamente desconocida fuera de esta zona o la histórica Embolicaire, una uva tinta valenciana que estuvo a punto de desaparecer y que hoy vuelve a demostrar todo su potencial gracias a proyectos como este.
De regreso a su bodega descubrimos un espacio acogedor y perfectamente integrado en el entorno donde cada parcela se vinifica por separado conviviendo depósitos de acero con ánforas de barro y barricas de diferentes procedencias para expresar de forma individual el carácter único de la viña. Sin embargo existe una imagen capaz de definir la singularidad de esta bodega por sí sola: sus damajuanas.
Grandes recipientes de cristal utilizados tradicionalmente para transportar y conservar vinos, aceites y licores que en esta bodega recuperan una función ancestral prácticamente desaparecida.
Los vinos que contienen sus damajuanas permanecen a la intemperie durante largos periodos expuestos al sol abrasador del verano, al frío invernal, al viento, a la lluvia y a los cambios de temperatura propios del clima mediterráneo.
Mientras la mayoría de los vinos envejecen protegidos en bodegas subterráneas estos evolucionan bajo la influencia del clima mediterráneo. Con el paso del tiempo estas condiciones provocan una oxidación lenta y controlada que transforma profundamente el vino aumentando su concentración, complejidad y riqueza aromática.
Se trata de una técnica heredera de los antiguos vinos rancios mediterráneos que durante siglos formaron parte de la cultura vinícola de la costa levantina que Vicente ha decidido recuperar para demostrar que, en ocasiones, la innovación consiste simplemente en volver a mirar al pasado.
Frente a estas damajuanas y con vistas al entorno natural sin fin que nos rodea comenzamos la cata de sus vinos.
La personalidad de Vicente queda reflejada en una de sus líneas más representativas: "A Mi Aire" con vinos naturales elaborados con mínima intervención, fermentaciones espontáneas y, en algunos casos, sin sulfitos añadidos. Son vinos que buscan expresar sin artificios el carácter de la viña, la añada y el paisaje que los rodea. Elaboraciones libres, auténticas y alejadas de convencionalismos que hablan tanto del territorio como de la persona que los crea.
Por otra parte su colección Clotàs representa la esencia de Les Useres a través de vinos de pueblo y parcelarios elaborados con variedades como Tempranillo, Garnacha, Monastrell, Macabeo, la singular Tortosí o la recuperada Embolicaire.
Como conclusión y más allá de las variedades recuperadas y de los vinos que nacen aquí, Bodega Flors nos recuerda algo fundamental: "que las historias más fascinantes del vino no siempre se encuentran en los lugares más conocidos sino que a veces surgen en pequeños rincones escondidos entre pinares mediterráneos".
Ha sido un auténtico placer descubrir este lugar y compartir unas horas con Vicente. Si alguna vez tenéis la oportunidad de acercaros hasta Les Useres, no la dejéis de visitar porque allí os espera una forma diferente de entender el vino profundamente ligada al paisaje, la tradición y a la autenticidad. Estoy convencida de que, igual que me ocurrió a mí, Castellón os sorprenderá y enamorará.
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