Publicado el 05 de Noviembre de 2026
D.O. ARLANZA: Las viñas que se negaron a desaparecer
Arlanza (Burgos)
Si hay algo que me encanta al recorrer las diferentes regiones vitivinícolas de España es comprobar que por muchas bodegas y viñedos que haya visitado siempre queda algo nuevo por descubrir. Alguna variedad de uva que no conocía, viejas cepas que han sobrevivido al paso de generaciones o alguien que te cuenta la historia de su tierra con ese entusiasmo que solamente tienen quienes la conocen y la sienten de verdad.
Esta vez mi destino ha sido Arlanza, una pequeña denominación de origen de Castilla y León que aunque obtuvo su reconocimiento oficial en el año 2007 lleva escribiendo su historia vitivinícola desde hace más de mil años.
Nos encontramos entre las provincias de Burgos y Palencia donde el curso del río Arlanza no solo da nombre a esta Denominación sino que constituye la espina dorsal de la región.
Pequeñas carreteras que atraviesan pueblos castellanos, extensos campos de cereales, almendros, frutales y plantas aromáticas donde de vez en cuando algún corzo, jabalí, conejo o perdiz nos recuerdan que también ellos forman parte de este maravilloso paisaje.
Pero hay algo que me llama especialmente la atención: "las pequeñas viñas que aparecen casi por sorpresa entre las grandes extensiones de cultivo"
Y eso tiene una explicación tal y como me cuenta Ramiro García Arnáiz, presidente de la D.O. Arlanza y con quien he tenido la oportunidad de recorrer parte de este territorio. Durante siglos, Arlanza fue una tierra profundamente vinculada al vino y, como sucedió en tantas regiones españolas, los monasterios tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la viticultura convirtiendo el vino en una parte importante de la economía y de la vida cotidiana de sus habitantes.
Sin embargo a mediados del siglo XX el éxodo rural, el abandono del campo y la expansión del cereal hicieron desaparecer buena parte del patrimonio vitícola. Muchas viñas fueron arrancadas y otras abandonadas aunque afortunadamente algunas consiguieron sobrevivir. Y precisamente esas pequeñas parcelas que consiguieron resistir al paso del tiempo han sido unas de las protagonistas de nuestra visita.
Me encantó pasear entre longevas cepas cdesde donde se divisaba la monumental villa de Lerma y su imponente Palacio Ducal.
Cuesta imaginar que hace apenas unas décadas buena parte de este paisaje estuvo cubierto de viñas y actualmente sobreviven pequeñas islas de cepas entre los campos de cultivo.
Entre su patrimonio vitícola descubrimos algo llamativo: viejas cepas de pie franco que conservan sus propias raíces sin necesidad de estar injertadas sobre patrones americanos. Para quienes disfrutamos conociendo la viticultura, encontrarnos con estas supervivientes es todo un privilegio.
Otro de los factores que ayudan a comprender la personalidad de sus vinos es la altitud ya que nos movemos por tierras elevadas cercanas o superiores a los 1.000 metros sobre el nivel del mar. Aquí los inviernos son muy fríos, las heladas forman parte de la vida del viñedo y los contrastes térmicos entre el día y la noche pueden ser fuertes. Estas características condicionan el ciclo de maduración de la uva y hace que Arlanza sea una de las regiones donde la vendimia puede llegar más tarde... ¡¡Aquí las uvas no tienen prisa!!
El resultado es uno de los rasgos que más me ha encantado de sus vinos: la frescura y una sensación de viveza que invita a seguir disfrutando de cada copa.
Pero todavía nos esperaba otra sorpresa entre aquellas viejas cepas: En una misma parcela pueden convivir cinco o seis variedades de uva diferentes, algunas perfectamente identificadas y otras cuyo origen todavía está siendo estudiado.
Aquí entran en juego sus llamados “field blends”: vinos elaborados con las distintas variedades que crecen juntas en un mismo viñedo. No se trata de mezclar diferentes vinos una vez elaborados sino de recoger la diversidad varietal que ya existe en el propio viñedo y trasladarla a la copa.
Otra de las conversaciones que me resultaron especialmente interesantes con Ramiro fue conocer el proyecto dirigido a que los vinos de Arlanza muestren con mayor precisión del lugar exacto del que proceden. Para ello están trabajando en una mayor diferenciación de sus viñedos y en el posible reconocimiento de figuras como los viñedos singulares o los vinos de villa vinculados a uvas procedentes de un mismo municipio: “cuanto mejor conocemos el origen de un vino mejor podemos comprender su personalidad”.
PALACIO DE LERMA, UNA HISTORIA QUE CONTINÚA
Nuestra siguiente parada nos lleva hasta Bodegas Palacio de Lerma donde descubrimos otra de las caras de esta denominación, la de las familias que han conseguido mantener su vinculación con el vino a lo largo de varias generaciones.
Detrás de esta bodega encontramos una historia familiar que lleva más de un siglo relacionada con el vino y el viñedo. Ramiro continúa ese legado combinando los conocimientos heredados con las posibilidades que ofrecen las técnicas actuales de elaboración.
Su filosofía de entender el vino “comienza en el viñedo y en las decisiones que toma quien lo cuida” y por ello llevan a cabo iniciativas destinadas a recuperar viejos viñedos que habían quedado abandonados y variedades antiguas casi desaparecidas. Auténticos “tesoros olvidados” que forman el patrimonio vitivinícola de Arlanza que no se debe perder.
BODEGA BUEZO: LA ARQUITECTURA AL SERVICIO DEL VINO
Nuestra última parada nos llevó hasta Mahamud, una pequeña localidad burgalesa cuyo nombre de raíces árabes nos recuerda las diferentes culturas que han dejado huella en estas tierras. Recorriendo estos pueblos resulta inevitable pensar en una realidad que afecta a buena parte de nuestro territorio rural: la despoblación.
Son localidades que han visto marcharse a muchas generaciones y donde mantener la actividad económica resulta cada vez más necesaria. Por eso siempre me gusta destacar el papel que pueden desempeñar las bodegas en estas zonas ya que ayudan a conservar los viñedos, generar empleo, atraer visitantes y conseguir que estos pequeños pueblos sigan teniendo motivos para mirar hacia el futuro.
Y precisamente en Mahamud nos esperaba una visita muy especial… ¡¡Una impresionante construcción de arquitectura contemporánea en pleno paisaje castellano!!
Estamos en Bodegas Buezo cuyo proyecto sorprende por las dimensiones de sus instalaciones y por su particular manera de integrar la arquitectura en el paisaje combinando la amplitud de los espacios con grandes superficies acristaladas que permiten contemplar el entorno con luz natural. Esto no responde solamente a una cuestión estética ¡Aquí prácticamente todo tiene una razón de ser!
La distribución de las diferentes zonas, los espacios destinados a la elaboración y a la crianza o la circulación de las uvas y del vino se integran en un diseño concebido para facilitar el trabajo enológico aprovechando “la gravedad”.
Mientras recorremos sus instalaciones con Fernando López, enólogo de la bodega, descubrimos una de las grandes filosofías de Buezo: los vinos no tienen prisa en salir al mercado.
Ellos apuestan por los vinos de guarda con elaboraciones pensadas para evolucionar lentamente y que desarrollen nuevos matices durante su crianza.
Finalmente nuestra jornada no podía terminar sin disfrutar de los vinos de la región acompañados por la magnífica gastronomía local en el restaurante de la propia bodega. Siempre he defendido que conocer una región vitivinícola también significa sentarse a su mesa, descubrir sus productos locales y comprobar cómo los vinos pueden realzar los sabores de la tierra.
En Buezo tuvimos la oportunidad de comprobarlo disfrutando de una estupenda armonía entre los vinos de Arlanza de las diferentes bodegas que se acercaron a contarnos sus elaboraciones y la cocina castellana.
Para terminar quiero dar las gracias a Ramiro por habernos acompañado durante la visita y por compartir sus conocimientos sobre una tierra que conoce y defiende con auténtica pasión así como a las bodegas que nos han abierto sus puertas para descubrir diferentes maneras de interpretar los vinos de Arlanza.
Me marcho de Arlanza con la sensación de haber descubierto una región a la que deberíamos prestar mucha más atención y no lo digo solamente por sus vinos. Sus pequeños pueblos repartidos por el valle, su patrimonio histórico, sus paisajes y la gastronomía castellana son motivos más que suficientes para acercarse a conocer este territorio. Volveré sin duda!!!
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