¿De dónde vino el primer vino a España?


Publicado el 03 de Junio de 2019


¿De dónde vino el primer vino a España?

El primer vino a España arribó de una isla lejana llamada Tiro. Autor: Guillermo César Gómez

En esa isla del Líbano que ahora es una península, los fenicios en dos tinajas gemelas sepultaban a sus muertos en la playa, irguiendo una pequeña piedra con el nombre del difunto para que sea recordado. 

En una vasija de cerámica colocaban los huesos y en la otra nada, o quizás en la que permanecía vacía situaban la solitaria alma.

Pero como el alma esperaba impaciente un tiempo favorable para emprender el primer viaje al más allá, allí le dejaban al alma una jarra con vino, otra de aceite y un plato con comida, para que tuviese su ultimo alimento antes de emprender la ignota travesía a la nada. 


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Sí señor, el primer vino que llegó a España no procedía de Biblos, ni de Sidón, ni de Beritis, ni de Akko, los primeros vinos llegaron de Tiro.

Y de Tiro salieron los fenicios cuando sus ciudades hermanas habían entrado en decadencia al menguar el poder de los imperios con las cuales comerciaban, los egipcios ya no le compraban el vino y la Mesopotamia era una tierra afónica.
Aquella isla que era abominada y maldecida por el fanatismo místico de los profetas Isaías y Ezequiel, fue la que le dio el primer vino a España.

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Nuestra suerte es que esas maldiciones y perversas profecías no hundieron los barcos fenicios que iban en busca de metales a España, y pudieron llegar para traernos la vitis vinífera póntica, la uva blanca y sus técnicas viníferas.
Eran tiempos difíciles, no solo tuvieron que escapar de la anarquía de los asiáticos, sino que además tenían que viajar incomodos, con poco lugar en el barco para llevar las gallinas, los pájaros que anunciaban la costa y las estacas de vid. 

Siglos después de las maldiciones de los profetas llego el porfiado de Alejandro Magno, se pasó siete meses mortificando a la ciudad de Tiro. Cuando estaba a punto de desistir de la conquista, tuvo un sueño y quizás una resaca que definiría sus veredictos bélicos.

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Alejandro Magno soñó que el mismísimo Hércules le tendía una mano desde los muros de la ciudad. Después tuvo de tomar unos vinos tuvo otro exótico sueño y esta vez fue con un desagradable sátiro danzando sobre un escudo.
Este sátiro debe haber sido un malandrín de Dionisio, que andaba borracho, desertando y seduciendo a poderosos por la costa de los vinos.

El interpretador de sueños de Alejandro Magno, fue popularizado con el nombre de Ariastrando, este charlatán oficial reconoció inmediatamente este sueño como una ingeniosa travesura de palabras, como un acertijo: satyros (sátiro en griego), podía ser tomado como sa-Tyros, cuyo significado sería “Tiro es tuyo”.


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Alejandro gusto de la interpretación del palabrero oficial y prosiguió con su perversa campaña, y así conquistó lo que no le partencia, así destruyó la ciudad que le dio el vino a España.

Pero Tiro volvió a respirar con los romanos y la protección de Herodes, pues la moneda exigida en su gobierno fue el medio siclo de Tiro, esta moneda en una cara tenía al dios Baal y en la otra un águila, y con esta moneda los judíos debían pagar en el templo los servicios a los sacerdotes de Jehová.

Cuando Jesús enfurecido agarró un chicote y empezó a voltear mesas de los cambistas, muchas de las monedas que cayeron en el suelo fueron las monedas de Tiro.


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Fueron de la Tiro fenicia las treinta monedas que recibió Judas por su traición, fueron de la Tiro fenicia los tejidos rojos que tanto anhelaban los europeos, y fue ‘’Europa’’ una frágil princesa fenicia que fue raptada por Zeus.





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