La aventura del vino


Publicado el 24 de Mayo de 2019


La aventura del vino

Todas las libertades se agitan en el cristal de una copa de vino. Hablar de sediciones es propensión de quien ha bebido más de un vino. Autor: Guillermo César Gómez

Los nobles fueron nobles porque soportaban estoicos los piojos en sus pelucas, y los académicos fueron elevados en los altares porque rezaron de memoria y dóciles lo que sus aburridos pedagogos reclamaban volver a escuchar.

Pero la vida está muy lejos de ser una sucia peluca y unas frases para remedar mecánicamente, la vida es vino, sublevación y movimiento.

El vino tiene que volver a ser la bebida de los poetas y audaces profetas, no de los pedantes de la química.


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Además, nos parecemos bastante a la vid, pues nos gusta resucitar todos los años y festejar las primaveras con emergentes colores.

Al vino hay que darle un merecido recreo, no tiene que ser todo el tiempo sometido al aburrido y trillado juicio de los alquimistas y los perfumistas. El vino es demasiado estupendo para ese prosaico destino.

El vino fue la bebida que liberó la imaginación de los hombres para inventar mitos y religiones, por esta razón tuvimos dioses traviesos e irreverentes. En aquellas célebres épocas nuestros dioses andaban desnudos bañados en vino, se subían a los árboles para espiar y seducir a nuestras mujeres vírgenes, para así ejecutar sus libidos celestes.


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En la primigenia sumeria el vino liberó a la mujer y creo la primera escritora de la tierra. Las primeras reinas y diosas en las tabernas fueron gracias al vino.

El vino tiene que volver a ser lo que ya fue, una bebida de gente culta y no de tiesos y acartonados químicos, metidos a bardos de las frutas.

El vino debería reinventar su cantina, consagrar una fiesta eterna para ser bebido por jóvenes e idealistas.


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Foto mundo del vino

El vino fue siempre la bebida de los librepensadores y los abolicionistas.

Sepa el lector que ya me intoxiqué con vino, sino lo hubiese hecho no habría entendido el sagrado vigor de las vasijas enterradas en Georgia.

Si no fuese por el vino no hubiese discutido a las tres de la mañana que en la cumbre de la torre de Babel había nubes y no pájaros.


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Además, sin vino, nunca habría entendido la soledad de Noé cuando desnudo y desamparado se reencontró, pues también me vi en mi pudor mañanero sin vestimentas.

Ni habría comprendido la audacia de los viajeros fenicios de pelos rojizos, ni la chifladura de los dioses griegos.

Foto mundo del vino

Pertenezco a una especie de milenarios bebedores e insignes aventureros, por eso me resisto a que después de haber bebido siete copas alguien me quiera explicar el vino como un fenómeno meramente químico.


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Ya desafié y aposté a los gritos de que la única diosa que fue virgen en este prosaico planeta fue la diosa Isis.

Y amanecí desmayado tirado sobre mi carne y mis huesos, pero nadie tuvo el coraje de decirme mirándome a los ojos que al intoxicarme con la sangre de Júpiter no fui un enófilo verdadero, un ebrio legítimo, un descendiente entusiasta de mi antiquísimo fervor divino.

Foto mundo del vino

Las pinturas de este post son de mi autoría.


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