La infancia Riojana


Publicado el 14 de Marzo de 2019


La infancia Riojana

Las primeras percepciones de la infancia cumple la inaugural función de fijar en la memoria emocional del individuo el surgimiento de la vida. Autor: Guillermo César Gómez

¿Qué decir entonces de mi formidable infancia en La Rioja, Argentina? Donde había una siesta romana en un patio con parra donde colgaban uvas milenarias.

Allí las primaveras eran anunciada con el color de las uvas que iban en su evolución del verde hacia el amarillento, para luego pasar por el amarillo intenso salpicando seductores rosados.

Aquel tronco seco y retorcido de la parra fue la cosa más chiflada que he visto en mi infancia, pernoctaba haciéndose el muerto en invierno, sin hojas, sin frutos y con aspecto de leña inservible parecía no tener más respiro.

Pero cuando tocaban los primeros calores resucitaba de esa rama seca, para trenzar sus brazos en lo primero que encontraba. A este tronco contraído y deforme, solo lo podría haber creado un dios tracio.


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El tronco era bien feo, estaba lleno de yemas incrustadas y por ella transitaban infatigables hormigas esclavas. Pero ese tronco castigado en el invierno era extremadamente generoso al llegar el primer verano.

Pues siendo un niño y sentado en las baldosas calientes de mi patio riojano, ya participaba del inconsciente colectivo de mi inmensa civilización.

Nací lejos de la cornisa de España, en aquella tierra gallega todavía la vid trepadora da uvas para vinos. Pero mis antepasados tuvieron el coraje de arriar las velas y enfrentar el agitado e inmensurable océano.

En una interminable siesta de infancia, una parra y un patio interno parecen cosas sin importancia antes los ojos de un desprevenido lector. Pero para mí fueron las primeras verdades vitales, pues le dieron significados cultísimos e compatibilidades dionisíacas a mis reservados y misteriosos orígenes.


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Todavía los mortales no develan en que momento de la historia la viña silvestre paso a ser la viña cultivada.

Los retorcidos y desparramados viñedos rústicos eran en su totalidad de sexos variados. Hace falta un porfiado y amañado cultivador de frutas para trasformar la viña en civilización, es decir, solo una mente armenia que preserva detalles sabe dar inaugurales salto en las mágicas mutaciones.

La vitis vinífera sobrevivió a la era glacial y yo sobreviví a las altas temperaturas de las siestas riojanas.

Parece que estoy en las antípodas de la viña, pero no, los que acarrearon esa viña que sombreó mi infancia también cruzaron el estremecido piélago, al igual que mis intrépidos antepasados.


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Para mí está bien claro que la parra ‘’pontica’’que sombreaba mi inaugural infancia tuvo sus antepasados en la Mesopotamia de los persas, o en la Armenia que invadió el general Marcus Antonius.

Mi parra no vino de las orillas del Nilo, ni de las uvas que comían los ptolemaicos. Tampoco llegaron de las orillas orientales del río Jordán que pisaron las legiones del general Gnaes Pompeius Magnus.

Mi parra mesopotámica y póntica fue llevada por los fenicios a España, y después traslada a la Rioja Argentina por los adelantados de la Corona.

Gracias a mi parra, mi infancia ya ostentaba 9.000 años de historia. La «Media luna fértil» determinaría mi forma de garabatear, mi gusto por hablar con los dioses y por permanecer sosegado bajo un techo plano comiendo un pan despedazado por mis dos manos.


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Cuando levantaba la cabeza, veía los rayos del Sol jugar con las hojas de mi parra, ahí vislumbraba que la aventura de la vid y la vida humana proseguían juntas.

Que otros mortales hablen de su desgraciada infancia al lado de un yuyo inexpresivo que no tenía historia, que otros cuenten su prosaica niñez al lado de un matojo sin dioses.

Pero llegué ahora a los lectores de España para narrar una infancia transcendental, una infancia épica, atestada de grandiosos discurrimientos.

Ahora vivo en Brasil a metros de la playa donde el español Juan de Mori le regaló dos tonelitos de vino Jerez a ‘’Caramuru’’ en el año 1535. Es decir, vivo en tierras tropicales donde se regaló el primer vino europeo.


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Caramuru fue el primer naufrago gallego-portugués que vivió en lo que después sería la primera capital del Brasil, Salvador, Bahía.

Sin haber consumado mi infancia me fui a vivir a Mendoza, aldea fundada en los Tiempos de Felipe II, para mi nueva inocencia entre viñedos y bodegas.

Mi madre solía decir al demandar silencio, ‘’cuidado que hay moros en la costa’’, y esto se debía a que un hexabuelo Gaspar Molas había salido medroso por las intimidaciones de los piratas musulmanes de las costas de Arenys de mar en Barcelona, para llegar a tierras gallegas. En ese épico viaje mi hexabuelo hizo una corta escala en ‘’la Gadir fenicia’’ en la costa ibérica, tornando a partir de esa pausa histórica inadmisible no escribir sobre la aventuras y hazañas del vino.






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