Los vinos de Catamarca


Publicado el 20 de Mayo de 2019


Los vinos de Catamarca

Hay que ser muy culto y un esforzado viajero para conocer y saborear un vino de Catamarca. Autor: Guillermo César Gómez

Muchas veces tenemos que volver a los vinos que han sido olvidados por los mortales, esos que no figuran en los mapas de los especialistas, ni son citados por los famosos escritores sobre vinos.

Muchísima bibliografía sobre vinos no solo olvida a los lugares donde surgió el primer vino, como Georgia o Armenia, sino que también desconocen a los vinos de Catamarca en Argentina.


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Entre volcanes inanimados, movedizas dunas, yacimientos de culturas desaparecidas, iglesias fantasmales y casas blancas castigadas por los vientos antojadizos, se descubre el sabor de un vino de los orígenes, el vino de los pioneros genuinos con sabor ancestral.

Recuerdo que extenuado hice una parada en Tinogasta antes de cruzar el paso de San Francisco en la cordillera de los Andes, que es el paso más agraciado, maravilloso y fotogénico del planeta tierra. En ese obligado descanso me llevé a la boca un grano de uva que detonó en mi boca por su extraordinaria dulzura, y sentí la misma agitación que debieron concebir los paladares salobres de los soldados de Alejandro Magno al probar por vez primera el azúcar.


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Los fuertes soles de los meses, las superficies penetrables y arenosas, los exiguos chaparrones veraniegos hicieron necesario reaprovechar los viejos trazados del riego de los indígenas.

Desde los primeros días se utilizó la técnica hispana del parral. En algunos retiros todavía se desarrolla la vitivinicultura con antiguos métodos, son las joyas de la historia que esperan silenciosas ser redescubiertas.

En los ayeres de las siestas coloniales los vinos elaborados eran guardados en vasijas de barro. Sería productivo que en una futura ruta del vino los catamarqueños rescaten la memoria de los vinos fermentados en cubas de arcilla para así diferenciarse de otras regiones y enseñarle al mundo como fue el pasado del vino.


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La empresa sería convertir esas tinajas repletas de caldos en escuelas universales, para mostrarle al mundo como eran los tatarabuelos del vino, como todavía lo hacen en algunas comarcas de Georgia y Portugal.

Si montaras un rocinante por el desértico paisaje a la orilla del río Abaucan, rodeado de silenciosas montañas, verías que la altitud y el aire puro pueden dejar a la soledad en su expresión más sublime.


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El ambiente, extremadamente desértico, y la generosa amplitud térmica, son características ejemplares para la producción de frutos condensados y saludables.

Aquí, la industria vitivinícola crece en un paisaje coronado por las cumbres que pasan los 6.000 metros, es decir, los picos que besan al unísono el cielo de América están en Catamarca.


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Entre Tinogasta y Fiambalá, se puede recorrer la Ruta del Adobe, por esta antigua ruta de suelo rojo construida en barro, estiércol y paja salían las mulas para el riquísimo Potosí del cerro de plata.

En los tiempos célebres se fermentaba el mosto en grandes tinajones de barro y se almacenaba el vino en las tinajas esperando al bebedor. Pero todo se iniciaba en pequeños pozuelos de cuero, los indios bailaban adentro para pisotear las uvas al son de los tambores.

Visite antes de morir Tinogasta y Fiambalá, experimente las empanadas y los tamales acompañado de un Torrontés Riojano y deducirá que la vida fue un paraíso verificable.


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Si quieren que les envíe gratis mi libro sobre la historia del vino escríbanme a espabelo@gmail.com solicitándolo.

 


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